Autoría y credibilidad

Los más observadores habréis podido comprobar que hace unas pocas semanas terminé El libro de las ilusiones de Paul Auster y empecé La Reina del Sur de Arturo Pérez-Reverte. Yo no soy un devoralibros, como Níniel o Elengaer que se fulminan libros en dos o tres días, y eso que sí leo mucho, de hecho me paso el día leyendo, pero mis fuentes de palabras son primero internet, después el periódico y algunos artículos científicos, y por ello mis lecturas de ficción se limitan, por desgracia, a algunas páginas antes de dormirme en pocos días a la semana. Mis libros, por tanto, duran meses tanto en la cabecera de la cama como en la sección Leyendo… de la columna de la derecha.

Puedo decir sin lugar a dudas que mi autor favorito es Paul Auster, os debo un largo post (algún día…) en el que tengo que hacer un análisis de la fascinación que Auster ejerce sobre mí, desde que descubrí su cuento Smoke después de ver la película hasta este último Libro de las ilusiones, y especialmente la primera vez que leí un libro de él, esta absoluta obra maestra de poco más de cien páginas que es Ciudad de cristal, el primer volumen de la Trilogía de Nueva York.

El objetivo principal de la mayor parte de los escritos de Paul Auster es plantear un juego narrativo con el lector. Este juego consiste en ir dejando pistas en sus relatos a través de las cuales el lector se pueda plantear adivinar qué parte de las historias están basadas en la vida y las experiencias reales de Auster y qué parte es invención. Para ello utiliza varios recursos, donde concurren desde el punto de vista narrativo hasta la elección de los nombres de los personajes, pasando por extrañas coincidencias y paralelismos, no sólo entre los hilos de diferentes historias que puedan haber en una novela, sino incluso entre novelas diferentes y en principio completamente independientes. El máximo exponente en esto que acabo de decir está en La ciudad de cristal y los otros dos libros que completan la trilogía: Fantasmas y La habitación cerrada. En El libro de las ilusiones también hay algo de eso, pero además hay otro juego: el de la credibilidad de la historia, unido intrínsecamente al tema fundamental del libro, que es una reflexión sobre la inutilidad de la obra no divulgada de un autor, o dicho de otro modo, sobre la idiotez de crear algo únicamente para destruirlo después. La gracia de todo ello es que Auster se las ingenia para, en la última página de libro, como si de una novela de misterio se tratara, poner la última pieza del rompecabezas sobre la mesa, en uno de los mejores finales de Auster (que precisamente suele fallar en eso, sus finales no suelen estar a la misma altura que las n-1 páginas anteriores) vemos que no sólo todo encaja a la perfección sino que estamos ante un maravilloso cuadro que habla de la verdad y de la ficción, y de cómo se mezclan y se enzarzan y se entretejen de manera que lo que sabemos que es ficción, que es mentira, que seguro que es algo inventado, podría haber sido completamente cierto. Al final nos rendimos al juego extasiados y maravillados sabiendo que al igual que hacía Escher en sus cuadros, con retazos de verdad se nos explica una maravillosa mentira.

De postre, constatar que este juego no es sólo de Auster. Pérez-Reverte, aunque a otro nivel, también lo utiliza en La Reina del Sur. Y para muestra, un botón:

Yo conocía Culiacán. Antes de la entrevista con Teresa Mendoza ya había estado allí, muy al principio, cuando empezaba a investigar su historia y ella no era más que un vago desafío personal en forma de algunas fotos y recortes de prensa. También regresé más tarde, cuando todo terminó y estuve al fin en posesión de todo lo que necesitaba saber: hechos, nombres, lugares. Así puedo ordenarlo ahora sin otras lagunas que las inevitables, o las convenientes. Diré también que todo se fraguó tiempo atrás, durante una comida con René Delgado, director del diario Reforma, en el Distrito Federal. Mantengo vieja amistad con René desde los tiempos en que, jóvenes reporteros, compartíamos habitación en el hotel Intercontinental de Managua durante la guerra contra Somoza. Ahora nos vemos cuando viajo a México, para contarnos el uno al otro las nostalgias, las arrugas y las canas. Y esa vez, comiendo escamoles y tacos de pollo en el San Angel Inn, me propuso el asunto.

-Eres español, tienes buenos contactos allí. Escríbenos un gran reportaje sobre ella.
Negué mientras procuraba evitar que el contenido de un taco se me derramara por la barbilla.
-Ya no soy reportero. Ahora me lo invento todo y no bajo de las cuatrocientas páginas.
-Pues hazlo a tu manera-insistió René-. Un pinche reportaje literario.
Liquidé el taco y discutimos los pros y contras. Dudé hasta el café y el Don Julián del número 1, justo cuando René acabó amenazándome con llamar a los mariachis. Pero le salió el tiro por la culata: el reportaje para Reforma terminó convirtiéndose en un proyecto literario privado, aunque mi amigo no se incomodó por eso. Al contrario: al día siguiente puso a mi disposición sus mejores contactos en la costa del Pacífico y en la Policía Federal para que yo pudiese completar los años oscuros. La etapa en la vida de Teresa Mendoza que era desconocida en España, y ni siquiera aireada en el propio México.
-Al menos te haremos la reseña-dijo-. Cabrón.

…de Top Blogs y egolatría

Esto no es más que un apunte de egolatría, de esos para los cuales se crea un blog y se escribe en él. Algunos escriben directamente y sin reservas sobre sí mismos y sobre su vida y otros lo disimulamos un poco hablando sobre los temas que nos interesan, dejando de lado la vida privada.

Pues bien, he decidido ordenar los links a otros blogs (aquí mismo, a la derecha) en un Top 10 según un concurso no-público cuyas normas no sólo no las conoce nadie sino que además pueden ir variando libremente en el tiempo. Para no acabar de matar al resto de links a otros blogs, he creado la sección en el limbo, que son aquellos que algún día estuvieron en el Top 10 y aún tienen alguna posibilidad de subir, o que simplemente son candidatos.

¿Quieres subir posiciones? Línkame, hazme la pelota, escribe más seguido y sobre temas que me interesen…

Adivinanza

Ya es casi casi seguro.

El próximo verano, y durante tres meses, voy a estar viviendo en esta ciudad:

y trabajando en este edificio:

A ver quién es el/la primero/a en adivinar de qué se trata.

Mar adentro

Amenábar cambia de registro, y no sólo no defrauda sino que consigue igualar, o superar, si es que eso era posible, el nivel de sus anteriores películas.

Nuestras vidas son los ríos

que van a dar a la mar

que es el morir;

Esto es lo que nos decía Jorge Manrique en una de sus coplas a la muerte de mi padre. El mar como final, como desvanecimiento de las aguas del río, que es el vivir. Ese mar donde Ramón Sampedro tuvo que haber muerto una vez y del que alguien lo salvó para dejarlo con una “vida no digna” durante veintiocho años más…

La película entra en materia directamente desde el primer minuto, destruyendo tabúes nos habla de la muerte sin prejuicios y desde las entrañas, a través de un personaje tozudo y desafiante, inmenso Javier Bardem en una interpretación que pasará a la historia. El personaje Ramón Sampedro (que no hay que confundir con el Sampedro real, al cual no conocemos) nos lleva de la mano en su camino hacia la nada, contándonos sus razones, pero a la gallega, respondiendo a nuestras dudas con preguntas que son un espejo en el que se refleja nuestra propia muerte. Y el tema de la eutanasia está ahí, pero no se trata, casi que se evita (“Yo no te juzgo, no me juzgues tú a mi”, nos pide Ramón), porque en realidad el tema es otro, mucho más profundo que el hecho de obligar a vivir a alguien que no quiere (o que ayudar a morir a alguien que quiere), el tema es la muerte, pero no como el final triste de la vida, sino como lo contrario de la vida, como aquello que está al final del río, que está para todos los ríos y que hay que tener presente para que mientras el río corra, debe de llevar agua abundante, cristalina y llena de feliz vida.

Mar adentro es, en definitiva, un canto a la vida.

La terminal

El mismísimo Steven Spielberg nos dice que hace sus películas de dos en dos, y después de tratar la ciencia ficción futurista (en Inteligencia Artificial y Minority Report, dos excelentes películas), se ha dedicado a la comedia edulcorada con esencia de aeropuerto. La primera de éstas fue Atrápame si puedes, una increíble historia con Tom Hanks, basada en una anécdota real y convertida en dulce pastelito. Bueno, pues La terminal es también una increíble historia con Tom Hanks, basada en una anécdota real y convertida en dulce pastelito. Si en la primera la anécdota era mostrarnos la historia de un falsificador de cheques (Leonardo di Caprio) perseguido por un agente del FBI que no tiene otra cosa que hacer en la vida (Hanks), en ésta la historia trata de un pasajero que se ha colado en un pozo burocrático que le obliga a vivir en un aeropuerto durante meses. Si la base argumental es poco creíble (estoy convencido que la historia real del iraniano que vive (o vivió) en el aeropuerto de París no tiene nada que ver con ésta en la que se basa), el desarrollo de la historia aún lo es más. Al igual que en las películas de James Bond, donde la credibilidad importa un pimiento mientras haya mucha acción, en La terminal los gags se construyen en base a la risa que den y las escenas románticas se evalúan según el nivel de ternura que ofrezcan. En ningún caso se tiene en cuenta la verosimilitud de las situaciones. Y sí, Víktor Navorsky, el personaje principal, es gracioso y bien construido en cuanto a gestualidad y verborrea (aunque tremendamente inestable en el guión, capaz de ser un gilipollas integral a lo Mr. Bean durante los quince primeros minutos de la peli a de pronto aprender inglés y demostrarnos que sabe hacer el dragón de Gaudí con un canuto), los secundarios son tipo Disney, simpáticos y graciosos, el malo… pues eso, más que malo, malillo, casi travieso, la bella, muy bella, eso sí, pero nada más… algunos gags, muy bien, otros, no tanto, y la supuesta crítica social contra la política de inmigración estadounidense, inexistente.

Total, un pastelito dulzón al que hay que perdonar demasiadas cosas para decir “me ha gustado”.

Rumbo a EUROGRAPHICS 2005

Volví el viernes de pasar una semana muy intensa en Grenoble, una ciudad muy bonita y rodeada de impresionantes montañas que forman parte de los alpes más occidentales. Una semana en que, al contrario de lo que ha ocurrido en Catalunya y de lo que se podía esperar, ha hecho mucho sol, calor y humedad en la Francia oriental.

Llegué hasta allí en tren desde Girona el sábado 28 de agosto por la tarde, muerto de hambre, ya que no había comido. Después de dejar las cosas en el hotel me dediqué a buscar un restaurante donde me sirvieran una temprana cena o una muy tardía comida, pero fue inútil hasta que sobre las ocho empezaron a abrir algunos de ellos. Me decidí por un italiano donde comí unos sabrosos espaguetis a la carbonara, solo en la mesa y solo en el restaurante… fui el primer cliente hasta que llegó una pareja de enamorados (¡chispas!) a los veinte minutos.

El domingo me encontré con la gente de Granada, donde fue el eurographics el año pasado. Con ellos he compartido muchos y muy buenos momentos estos días, especialmente el improvisado viaje relámpago a Lyon el lunes por la noche.

Además de asistir a las presentaciones más interesantes, que aunque no lo parezca dan mucho aliento e inspiración para el propio trabajo de investigación, lo más importante de estos congresos es la parte social, donde te invitan a comer queso (en la cheese and wine party) y a cenar foie de canard (en la cena de gala en la bastille) y la admiración que sentías por aquel doctor del que has leído mil artículos y del que has asistido absorto a su última invited talk se cae al suelo hecha pedazos al verlo borracho e intentando bailar un rock’n’roll con la más fea, o solo, que es peor.

El teleférico que sube a la bastille, donde fue la cena de gala del jueves.

Tener conversaciones absurdas con japoneses también es de lo más divertido y edificante, especialmente cuando te das cuenta de que tienes con ellos mucho más en común de lo que creías al nombrar a Shin Chan.

Y renacer, cuando al final, en el viaje de vuelta en coche con el jefe, chocamos contra una caja enorme de cartón que había caído del remolque del coche de delante y afortunadamente no era nada pesada y sólo provocó una hendidura en el parachoques y un sudor frío en la frente…

… y el año que viene no me lo pierdo, allí estaré, prepárate Dublín.