Sed de mal


Resulta irónico que la policía municipal de Girona nos invite a ver esta película, donde el tema principal es la doble moral de un policía en decadencia, gordo y alcohólico.

La película empieza con un antológico travelling de tres o cuatro minutos copiado por Brian de Palma en cada una de sus películas. En esta primera escena seguimos a un coche a través de la frontera entre México y Estados Unidos mientras se nos presenta a los personajes de Charlton Heston, un policía mexicano llamado Ramon Miguel Vargas, y de su mujer gringa, Janet Leigh. Ocurre un incidente en el lado estadounidense y enseguida acude el equipo de policías gringos a resolver el caso a cualquier precio. El inspector jefe es Hank Quinlan, cojo, gordo y alcohólico, interpretado por el mismo director Orson Welles. Vargas no ve claros los métodos de Quinlan, y éste, junto con una banda de traficantes mexicanos, tratarán de eliminarle. Mientras, la mujer de Vargas se quedará a descansar en un solitario motel de carretera, regentado por un hombre con evidentes problemas mentales (un fabuloso Dennis Weaver). Todo un preludio para la actriz que interpretaría dos años más tarde a la primera víctima del primer psicópata cinematográfico, Norman Bates, en Psicosis.

Según muchos teóricos del cine, Sed de mal (1958) representa el final del género del cine negro más clásico, y no sólo por ser la última de un conjunto de películas con las mismas características, sino porque realmente da un paso más allá. A pesar de que a nivel narrativo y estético (las sombras, el blanco y negro, los movimientos de cámara, la noche, el humo, los personajes oscuros…) es cine negro puro, hay un elemento que aparentemente falta o no están muy explícito: la femme fatale. Pero profundizando en ellos, este elemento sí esta, de forma implícita, y de qué manera, representado en el personaje de una grandiosa Marlene Dietrich. Da la impresión de que este personaje y el del inspector de policía andrajoso y gordísimo, han vivido la historia típica de amor imposible del cine negro diez o veinte años atrás y ahora ambos están acabados: él, por culpa de ella, y ella, porque es el destino de las viudas negras. En este sentido la película podría ser una segunda parte de la mayoría de las películas de cine negro de los años cuarenta y principios de los cincuenta. Y por eso mismo es mucho más que eso: es la culminación y punto y aparte de un grandísimo género cinematográfico.

3 opiniones en “Sed de mal”

  1. Publicado por Kentauro

    sábado 8 de diciembre de 2007
    Sed de mal
    Basada en la novela de Whit Masterson «Badge of Evil», la película fue recibida por la crítica como uno de los más sórdidos retratos policíacos de finales de la década de los cincuenta. Los prejuicios censores le hincaron el diente (no sabemos si lo harían también con la novela).Víctima de una incomprensión despiadada, como solía ocurrir con cuanto impacto expresivo pusiese en solfa el genial Orson Welles, la tacharon de grandilocuente y excesiva. El provincianismo americano, en todas sus vertientes, siempre ha odiado las denuncias al sistema, pese a que sus manifiestos antiracistas cayeran siempre, tan vertiginosamente como su falsedad intrínseca, en ese profundo pozo donde nuestras conciencias evitan por sistema (dogma y lejanos principios de patriotería) el eco flagrante de la más perniciosa de las verdades. Cierto, porque nadie en sus procesiones vivenciales, sea en un país o en otro, y tampoco vale sentirse en otro tiempo o ahora, desean la verdad desnuda. Y el genio de Welles siempre molestó demasiado. Tras un montaje desasatroso, «Sed de mal» fue condenada al ostracismo. Las copias que corrieron por todo el mundo ahogaron su rigor, y el crudo espectáculo propuesto por ese policía corrupto, al que da vida un Orson Welles absolutamente espléndido, con su carga de amargura de hombre sin sueños ya, incapaz de recomponer la sórdida realidad en que se sume su existencia, y que, no obstante, arrastra y presume de la dogmática y perniciosa obstinación de una superioridad inmersa en la profundidad de su malsana conciencia. Pues bien, para dolor de muchos, esta película, debidamente recortada, nos fue servida en las pantallas comerciales, con su viejo montaje devastador, como una trivial investigación detectivesca, en la que se conceptuaban todos los altibajos y supuestos defectos de cualquier film de serie B, (pese a la constatación entre líneas, lo recuerdo muy bien, de que el talento de Welles había sido ominosamente manipulado).
    Hoy, para nuestra felicidad cinéfila, restaurada por fin gracias a la magia del DVD, la textura maestra del Gran Genio Norteamericano ha despejado todas las posturitas malévolas de las absurdas críticas que recibiera en su tiempo, y los fans de sus imágenes castigadas y escondidas como mieles del panal irrepetible de la inteligencia de este Patriarca Excelso del Séptimo Arte, podemos saborear a cuerpo de rey la plenitud emocionante, como susurro lejano de una confidencia edificante que creímos perdida, de este relato policial único y magistral. Un «Touch of Evil» que, todavía hoy, nos eriza el vello; que nos hace estallar con el júbilo de «bienvenido seas»; que renace, para gozo de todos sus fans, prometiendo su castigo a los que se le resistieron severamente, y en el que retoña la excelsitud de todos los valores fílmicos (y no es pasión generacional) de un auténtico (si no el más grande) genio de la cinematografía mundial. En el plano secuencia con que arranca «Sed de mal» late uno de los travellings más aptos para atraerse lo extraordinario de este Sabio Definidor del Gran Cine Mr. Welles, y de lo que debe ser una perfecta conmoción fílmica. ¡Un auténtico y largo juego coral en carne viva! Nos acecharán luego esos sus claroscuros siniestros del más contundente blanco y negro jamás captado por la cámara; los contrapicados que acentuarán esa especie de dramaturgia escénica angulosa con nuevos y vertiginosos travellings maestros, que nos resumen toda la opresión de unos personajes atrapados a través de avenidas ruidosas, y callejones aptos para la puesta en práctica de cualquiera de los toques diabólicos que impregnan el film. Y se nos reservarán esos descampados polvorientos, entre una suciedad revoloteante, a través de la iteración indiferente de las martilleantes y enloquecedoras torres petrolíferas.
    En esa víspera de sepulcros vivientes, entre celosías de acero y firmamentos de lamparines inmóviles, donde tan sólo se salvan las almas rurales del viejo México, repudiadas por el policía honorario de los vecinos EEUU, se labra un soberbio retrato de personajes implacables.Como teólogos, maestros y misioneros de esa veneración fecunda y pingüe del tópico racista que los norteamericanos suelen imponer en sus ciudades fronterizas con México. Pero en ese ámbito tan sensitivo de la superioridad estadounidense, pese a las falsas pistas y a los exabruptos maestros y cínicos con que el gran prohombre policíaco, que es Hank Quinlan, se entrega a las empresas fecundas de sus mentiras, será, finalmente, un mediocre policia mexicano (según él lo conceptúa) el que acabe con su insolencia y lance por tierra sus bravuconadas de circo americano. El halo nostálgico, estremecedor, del mejor Welles, nos obsequiará también, al son de una pianola que nos mutila las entrañas, con un tú a tú del más excelso nivel mítico: un encuentro que habla de implícitos delirios eróticos y de la ya imposible belleza de los recuerdos, tras abordar la más dolorosa imagen de la soledad en una dimensión temporal irrecuperable. Marlene Dietrich, decadente y melancólica, aparecerá frente al egregio comecriminales, ahora pelele de una lenta peregrinación hacia su trágica decadencia, para responder, mientras extiende sus cartas sobre la mesa, a la solicitud de Quinlan de que le lea su futuro, como, al parecer, hiciera ya otras veces: «Tú no tienes futuro…. ¿Que quieres decir?, inquiere Hank… Tu futuro acabó…»
    Entre esa perfecta conjunción de los variados niveles morales de los personajes, y la simetría soberbia de la narración, ahora en su versión íntegra, hay que resaltar también uno de los impactos expresivos más contundentes del film: un asesinato gargoliano del que se sirve al genio Welles para acentuar magistralmente toda contraposición entre inteligencia y maldad. Hank Quinlan queda de nuevo relegado a ese detective grotesco, capaz de concentrar todos sus esfuerzos en la razón del crimen y del odio que, con toda seguridad, siente por sí mismo… Ni que decir queda que el equipo de fotografía y los diálogos facilitan la digestión al espectador. La atmósfera del film, de un rigor casi inhumano, crearía escuela («Última salida Brookling» de Uli Edel, por poner un ejemplo). La música de Henry Mancini llega a convertirse, por momentos, en un testigo irascible que confraterniza con las ideologías furibundas, agridulces, y nostálgicas de todo cuanto nos es contado. En este «Touch of evil» (que el tiempo ha revalorizado como uno de los vehículos más insólitos del genio de Welles), imperdible para sus seguidores, se agradecen cameos magníficos y tan diabólicos como el mismo film: el de Mercedes Mc Cambridge. El virtuosismo mítico de la Dietrich, que también nos conmueve, parece contener, aunque tan sólo sea para paladares muy mitómanos, el nomadismo rozagante de aquella gitana de forrados acentos ingleses que se luciera en «Golden Earrings». Welles nos la vuelve a regalar con su pechera de circo, sus andares de oficio, y pone en su lengua un «adiós» castellano, que trasciende en la noche como un melindre bondadoso de amistades muy particulares, pero de una dolorosa intimidad perdida, ¡ay!, que va más allá de lo recomendable.
    La resolución trágica de la película a manos de un sorprendente Joseph Calleia es igualmente impecable. Y un Charlton Heston, casi apoteósico, se desmitifica por fin de sus clichés pasionales y selváticos, y logrando extraer la profunda moral humana de su estupendo personaje (por muy increíble que parezca su idiosincrasia mexicana), comprende a la perfección lo importante que fue para él formar parte, casi como protagonista de excepción, de esta eximia exaltación coral que nos ofrece «Sed de mal». Resaltan espléndidamente Akim Tamiroff y Janet Leigh. A Zsa Zsa Gabor casi ni se la ve, aunque tampoco hacía falta. Joseph Cotten, en un nuevo cameo, siempre se agradece… «Touch of Evil» queda así sometido, de por vida, a la deslumbrante servidumbre del genio. Es como si hubiese nacido para el más pasional y mágico blanco y negro de la milagrosa noche que siempre nos ofrece el impacto del celulóide. Gran cine de nuestras nostalgias. Uno de los aleluyas más gloriosos de la genialidad de Orson Welles. Yo la propondría, o más bien la sumaría, a la lista de las Maravillas del Mundo. Aunque, únicamente, en V.O.

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