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Nos venden esta película como algo original y en realidad es lo más convencional y mil veces visto en el cine americano desde siempre.

La única originalidad aparente es la excusa argumental: un hombre desgraciado (Adam Sandler), aburrido de su vida y de su familia descubre cómo puede cambiar su vida a través de un objeto tan común como un mando a distancia, cuyas típicas funciones (parar, bajar el volumen, cambiar de capítulo, etc…) mágicamente se aplican a su entorno. Todo lo demás ya está visto; la historia no es más que el Cuento de Navidad de Dickens, donde se cambia la moral de un hombre descubriéndole su pasado, su presente y su futuro, sólo que esta vez, en vez de fantasmas, espíritus o espectros, tenemos un mando a distancia y al personaje de Christopher Walken. Lo que pasa es que aquí nada encaja ni tiene sentido, y además, es comedia absurda con el típico sello conservador americano de preservar la familia por encima de todo.

Al cabo de cinco minutos de proyección ya nos hemos olvidado de la historia y nos dedicamos a encontrarle las gracias a los chistes, que, mira tu por dónde, las tienen. Será porque el humor que se nos presenta no es tan blanco como nos podemos esperar en un argumento de tal moralina, y las referencias sexuales y escatológicas y las palabrotas, sin llegar a los niveles de los Farrelli, por supuesto, están bastante presentes.

Evítenla si pueden, pero si la ven, sólo ríanse y no piensen.

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