Varios y un relato de otro

Estoy en una semana de procrastinación continua y tengo el blog abandonado, lo que ciertamente me ha servido para adelantar temas de trabajo. Debería escribir sobre las tres películas que he visto esta semana, un libro que he terminado, el siguiente capítulo de las mejores películas de los ochenta, tengo un montón de fotos pendientes en alguna copia de seguridad que podría poner por aquí…, para colmo entre que voy al Art Futura mañana y pasado cuatro días a ver castillos cátaros, cuando llegue el miércoles tendré material para diez o quince entradas que sé que no voy a hacer. Triste.

Mientras, os dejo con el genial relato de Rinzewind, que cuando se pone, la clava:

De los eventos que rodearon mi muerte en desigual batalla

Durante mucho tiempo me había preguntado qué me ocurriría cuando dejase el mundo, ese bello eufemismo que tanto nos gusta emplear porque nos ahorra pronunciar palabras mucho menos cómodas. Mis creencias personales me habían preparado para la nada, el cese de la existencia, la oscuridad. Sólo hay derecho a una partida en esta máquina recreativa que es la Tierra.

Aquella mañana supe que estaba fuera de mi cuerpo cuando comprobé que no necesitaba girarme para averiguar lo que había tras de mí, cuando me vi liberado de las restricciones de las cuatro dimensiones tradicionales, cuando encontré la facilidad para pensar con una claridad nunca antes conocida, cuando me libré de la torpeza electroquímica de la sinapsis. No hay espacio y tiempo fuera de la materia, el aquí y el ahora quedan como el recuerdo de una cárcel lejana. Todos los sitios en cualquier momento son cercanos y presentes. No existen ni el mucho ni el poco; nada es demasiado pequeño, ni está demasiado lejos, ni llegará más tarde de lo esperado. Las escalas son una reliquia de eso que se solía llamar pasado. No hay límites si no hay materia.

Con la conciencia aún torpe por mi nueva situación incorpórea inspeccioné el último lugar donde mi cuerpo físico había realizado sus funciones biológicas: mi lecho de muerte resultó ser el suelo de la cocina, convertida en un dantesco escenario. Un reguero de sangre atravesaba las baldosas blancas y negras del suelo, siguiendo el movimiento del alfil, dirigiéndose al pasillo. Ese líquido que abandonaba mi cuerpo serviría para que media hora más tarde una de las vecinas residentes dos plantas más arriba que pasaba por delante de la puerta se percatase de que algo no iba bien y llamase a una ambulancia.

También había salpicaduras de sangre en las paredes. Sobre la encimera de mármol, encima de un bote de azúcar que había vertido la mitad de su contenido, reposaba lo que antaño había sido uno de mis brazos, arrancado y retorcido de forma imposible a la altura del hombro. Una mano que asomaba tímidamente por encima de la nevera indicaba a dónde había ido a parar el otro.

Y, finalmente, antes de partir hacia otros lugares y otras épocas, siguiendo el rastro de lo que anteriormente habían sido mis dientes, encontré, magullado pero triunfante, derramando su contenido por todas las aberturas menos por la indicada, al causante de mi desgracia.

Un tetra-brick de leche de Hacendado. Con abrefácil.

9 opiniones en “Varios y un relato de otro”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *