El cuento del mendigo

Leo en El Sentido de la Vida

Salí por la puerta de la estación de Sants. Estaba nublado. Un chaval de unos veinte años, enjuto y aceitunado, me salió al paso.

—¿Hablas inglés? —preguntó en la lengua de Chéspir.

—Claro. Dime —contesté.

Me dijo que venía de Alemania, que estaba con unos amigos en un camping y que les habían robado todo, que habían ido a la policía y que la policía les había explicado que no estaban en disposición de hacer gran cosa […]

… e inmediatamente he recordado que yo viví exactamente la misma situación, excepto que en vez de la estación de Sants era la Costera en Acapulco y en vez de «enjuto y aceitunado» era rubio y de ojos azules. Me dijo que era de Texas, creo, pero en esencia la historia es la misma, que le habían robado, que el consulado americano estaba cerrado y que no le quedaba nada, y al final del cuento necesitaba unos pesos para pillar el autobús. La punta de la historia era que necesitaba, además, conseguir insulina porque era diabético. Yo no llevaba nada y me tenía que ir. Aún así me preguntó si todavía estaría al día siguiente. «Me voy a México esta tarde», le mentí. No me apetece que cualquiera de la calle sepa detalles de mi vida privada.

Al contrario que en la historia de Gonzo, no le vi más y no pude confirmar su más que probable mentira. Aun así, en ese momento me fui sintiéndome culpable de no haber podido ayudar a aquel pobre turista abandonado en Acapulco.

Gonzo se queja amárgamente de que le mientan para conseguir unos euros. A mí también me jode. Pero lo que peor me sienta es saber que una mafia de timadores profesionales se aprovechan de la buena fe de las personas, quienes, cuando descubren el engaño o cuando empiezan a sospechar que algo no cuadra, pierden esa buena fe y empiezan a mirar con recelo a cualquiera que pida dinero en la calle. Como, lo admito, me pasa a mí exactamente.

Y, como en una versión más social del cuento de Pedro y el Lobo, el día que alguien de verdad se encuentre en una situación desesperada y necesite cincuenta céntimos para hacer una llamada de emergencia, nadie se los va a dar.

3 opiniones en “El cuento del mendigo”

  1. los que piden dinero para llamar por teléfono normalmente huyen cuando les dices que no tienes suelto pero les ofreces tu móvil para llamar… yo lo he hecho pero de todas maneras corres el riesgo de que se escapen corriendo con el móvil en la mano, claro.

  2. Yo siempre cuento la historia de un yonki que me pidió un euro para un chute y se lo di, por sincero.

    Lo de Pedro y el Lobo lo he sufrido en carne propia, en un festival. Me vi sola en mitad de la montaña donde estaba la zona de acampada, sin luz, con el móvil sin batería y sin acceso a ninguna cabina en diez kilómetros a la redonda. Me acerqué a varias tiendas pidiendo ayuda (que me dejaran una linterna, llamar con un móvil o que mandaran un mensaje por mí) y no hubo forma. Pasé la noche al raso después de varias horas buscando a los míos sin éxito, y solamente al clarear el día pude volver a orientarme hacia mi tienda.

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