Microproducción

A raíz de la historia de ayer con la ley Sinde, y por un tweet de el Teleoperador que enlaza a una web de crowdfunding (nombre horrible donde los haya, ¿por qué no microproducción?), me acordé de un comentario que hice en este blog cuando copié una entrada de Hernán Casciari sobre el tema de las descargas:

El problema, como siempre, es la implementación.

Casciari dice que el pago de 74 céntimos por episodio le parece razonable. Sinceramente, a mí también. Pero ¿cómo pagas eso? ¿Y a quién? ¿A una gestora de cabezas cuadradas como la SGAE? ¿Directamente al autor? ¿A la productora? ¿En plan donativo? “Gracias, HBO, me gustó mucho Carnivàle, aquí tiene sus 20 euros por las dos temporadas, ¿me podrían hacer una tercera, por favor?” Eso sería algo grande, me convertiría de algún modo en productor de lo que quiero ver.

Yo pongo ahora mismo por adelantado, cinco euros para la próxima película de Tim Burton, otros cinco para la próxima de Amenábar, para Nacho Vigalondo, para Guillermo del Toro, veinte euros para las próximas cinco películas de Pixar, etc. A cambio pido tener derecho a bajarme una copia en alta calidad para verla el día del “estreno”. ¿Es esto tan difícil?

Y añado: le doy 10 euros a Alex de la Iglesia para que produzca su próxima película, a cambio de que no se enfade cuando me baje Balada triste de trompeta y la vea en mi casa (ésta la vería en el cine, pero lo tengo muy difícil, con dos críos y viviendo en Inglaterra).

Hola, soy el padre de Marc, y también su comadrón

Creo que aún no soy del todo consciente de lo especial que ha sido el día de hoy. Quizá con los años, en las múltiples revisiones de la historia de mi vida, el recuerdo de lo que ha pasado hoy se afianzará como una de esas grandes anécdotas que contar cada vez que se tercie.

Hoy ha nacido mi segundo hijo, y eso ya es un evento único en la historia personal de cada uno, uno de esos días que quedan en la memoria y una fecha que se recuerda y se celebra cada año a partir de éste. Pero no ha sido sólo eso. Mi segundo hijo ha nacido en casa, y tenía unas ganas tan locas de salir que ni siquiera ha dado tiempo de que llegara la comadrona a asistir el parto. Mi vecino de arriba, un señor galés viudo y jubilado que también tiene dos hijos me ha contado esta tarde que cuando tuvo a su segundo, la comadrona no pudo llegar a la casa por culpa de la nieve y él ayudó como pudo en el parto. Ya tenemos algo más en común, le he dicho.

Estela llevaba media hora despierta cuando a las 6 y media me ha despertado diciendo que ya había roto aguas y que hoy era el día. Me ha dicho que se quería duchar, y que yo mientras fuera preparando la sala para el parto, poniendo plásticos en los sofás y preparando sábanas y toallas. Mientras tanto iba apuntando las horas de las contracciones: 6h22, 6h35, 6h40, 6h43, 6h45, 6h47… y ya no hay más horas apuntadas. En algún momento hemos llamado al servicio de natalidad del hospital para pedir que enviaran a la comadrona, quien a las 7 me ha llamado diciendo que tardaba 20 minutos o media hora dependiendo del tráfico. También en algún momento Estela había salido de la ducha, pero ya no salió del cuarto de baño. Estaba a cuatro patas sobre dos toallas en el suelo del baño. Le preparé y coloqué el TENS para el dolor y le iba dando masajes en el coxis mientras esperábamos a la comadrona, pero en la contracción de aproximadamente las 7 y cuarto vi aparecer la coronilla del bebé. En la siguiente contracción asomó todo el coco y en la siguiente ya veía los ojos, la nariz y la boca: ya tenía la cabeza fuera. Llamo al hospital: ¡ESTÁ NACIENDO! Me confirman que la comadrona está en camino, pero que me mandan una ambulancia por si acaso. Menos de un minuto después salen los hombros y el resto del cuerpecito suave y frágil de mi nuevo hijo. La imagen es de tebeo: yo sentado en el suelo con el bebé en las manos, Estela a cuatro patas con el cordón umbilical colgando y un gran interrogante sobre nuestras cabezas: “¿Y AHORA QUÉ COÑO HACEMOS?” En ese mismo momento aparece por detrás de mí mi hijo mayor Eric, que cumple dos años la semana que viene, y se mira la escena uniéndose a la interrogación de sus padres. Una voz desde el teléfono rompe el silencio: ¿todo bien? ¿está el niño llorando? No, no lo estaba.

Mientras Estela se sienta y abraza a su nuevo bebé, yo me llevo a Eric a la sala y le pongo sus dibujos favoritos: el Pingu. Sigo al teléfono con el hospital, que me van preguntando si hay sangre (sí, pero no parece haber fuga, más que la que ya ha salido), si el niño llora (parece que empieza) y que aunque está todo bien, que me mantenga en línea hasta que llegue la ambulancia. Desde el balcón veo salir a los tres paramédicos de la ambulancia. Cuelgo con el hospital y me doy cuenta de que no me he fijado a qué hora nació mi hijo. Miré el reloj a las 7h26, pero ya hacía un rato que había salido. Decidí que la hora oficial sería las 7h22. A las 7h40 llegaron los de la ambulancia y menos de cinco minutos después llegó la comadrona. Antes de las 8 corté el cordón umbilical y Estela expulsó la placenta.

Marc ha pesado cuatro kilos y 20 gramos. 380 gramos menos que su hermano Eric hace ya casi dos años.

Epílogo. Ya estaba decidido que haríamos parto en casa. Aquí en Inglaterra el parto natural y el parto en casa se promueve por el equipo de comadronas que te asiste durante el embarazo. Hoy he pensado que es una suerte que lo tuviéramos decidido así de antemano. Si tenemos la idea de que hay que ir al hospital, hubiéramos sido otra de esas historias increíbles de “niño que nace en un taxi”. El niño tiene en estos momentos dieciséis horas y media, ha nacido en casa y no tiene necesidad de salir de ella hasta que nosotros lo decidamos. Esto es comodidad, y me alegro de haberme dejado convencer.