Mi hijo no me hace caso

Ayer se me ocurrió poner las palabras del título de esta entrada en el google a ver qué salía. Sé que es un ejercicio un poco arriesgado, porque google no es la máquina de la verdad o de las soluciones instantáneas y cuando buscas algo como “me duele el dedo gordo del pie izquierdo” lo más probable es que acabes concluyendo que tienes cáncer y, lo peor, que necesitas frotarte la oreja con unas carísimas hierbas mágicas para solucionarlo. Pero me leí los cuatro o cinco primeros artículos que aparecían (saltándome los foros de madres histéricas, que ya sé cómo acaban) y me parecieron bastante sensatos.

Por la noche, ya con los niños dormidos y aprovechando que ya hemos terminado House y no tenemos urgencia por ver nada nuevo, convoqué una reunión de emergencia con mi mujer para poner en común qué ha leído ella y qué he leído yo y, como novedad, apuntar cuatro ideas en papel para intentar seguirlas y ver qué resultados obtenemos.

El caso es que sentimos que Eric, a sus tres años y medio, se nos está yendo de las manos. Personalmente no creo que sea un caso excepcional, y la educación de los hijos es difícil para cualquier padre, pero, como muchas otras cosas, hay cosas de las que se hace difícil hablar abiertamente, pero voy a intentarlo por aquí.

Por ejemplo, el evento que desató mi búsqueda ocurrió por la mañana. Estela le estaba vistiendo y decidió probarle unos pantalones nuevos que había comprado para ver si le iban bien o había que devolverlos. Eric ya había decidido que quería sus pantalones de Bob the Builder y cuando su madre le dijo que no, que primero los otros, pero que luego le ponía los que él quería, empezaron los problemas. Estela consiguió que se los probara pero la rabieta que pilló por ello duró veinte minutos en los que no quiso ningún pantalón y lo único que decía era “no quelo plantons”. Era como si quisiera volver al pasado y que el hecho de probarse los pantalones nunca hubiera pasado. En éstas, además, se nos hacía tarde para ir a la guardería. Estrés infinito, como podéis imaginar. Pues como ésta, cada día hay alguna.

En casa empezamos poniendo tres normas, con la idea de irlas ampliando o cambiando a medida que las vaya obedeciendo, pero son lo bastante genéricas y completas como para que no las hayamos tenido que cambiar. Son éstas:

  • Haz caso
  • El pipi y la caca se hacen en el baño
  • Sé suave, que engloba:
    • No pegues ni empujes a tu hermano
    • No azotes las puertas
    • No tires las cosas (al suelo o contra alguien)

La segunda (eso que aquí llaman potty training) empezamos a tenerla dominada. La tercera la tiene clara y cuando lo hace es porque está enfadado o es sin querer. En lo que parece que estamos fallando es en el tema de que nos haga caso. Voy a apuntar, a ver si me acuerdo, las notas que hicimos en la reunión de anoche. Éstas son las notas que nos tenemos que aplicar a nosotros en cuanto a su educación.

No perder los estribos

Gritarle, pegarle, o incluso reprimir la violencia de manera que sólo sientas ira e impotencia como para encerrarte en la habitación a llorar, o que llegues a tener pensamientos horrible y brutalmente sádicos tanto contigo como con el niño es algo que no debe llegar a pasar. Pero pasa. A mí me pasa. A mi mujer le pasa. Pero no debe llegar a pasar. Hay varias razones. Primera, la violencia (física o psicológica) es inútil. Sí puedes conseguir que el niño te haga caso gritándole o pegándole, pero lo conseguirás una vez. La siguiente tendrás que gritar más o pegar más fuerte para conseguir lo mismo, lo cual a la larga o consigues un niño sumiso, acojonado y sin personalidad o un mentiroso violento fotocopia de su progenitor. Ninguna de las dos es buena. La segunda razón es que la violencia envenena la relación con tu hijo, y ningún niño tiene necesidad de odiar a sus padres ni de ser odiado por ellos. También puede envenenar la relación con la pareja.

¿Cómo evitarlo? Decir que con paciencia es de perogrullo, pero podemos intentar varias técnicas. La primera es aprender a detectar la subida de tensión y pararla a tiempo. ¿Es tan importante que se pruebe los pantalones ahora o podemos hacerlo luego con más tranquilidad? Ir a la pareja y pedirle que tome cargo es otra opción. Salir de la habitación, contar a diez y respirar hondo es otra. Lo importante es saber dónde está el límite y parar mucho antes de ver que te estás acercando. Personalmente creo que tener claro el por qué la violencia no funciona y sus horribles consecuencias es un gran primer paso.

Refuerzo de la atención positiva

Cuando el niño se porta mal es en la mayor parte de los casos para llamar la atención. Yo veo claro que en el caso de Eric es una consecuencia de los celos de su hermano pequeño. Nosotros hemos caído en la trampa clásica, y eso que lo teníamos claro. No hay que desatender al hermano mayor al cuidar al bebé recién llegado. El mayor ve que cuando se porta bien no se le hace caso y se le deja tranquilo con sus cosas. El mayor ve que se atiende al enano cuando éste llora y aprende que llorando, gritando y pataleando se le hace más caso. Los padres olvidamos que “portarse bien” no llama la atención y óbviamente nos acercamos a reñirle cuando hace algo gordo. El niño, paradójicamente, prefiere que le riñas a que le ignores.

Pero ¿cómo arreglarlo? Pues haciendo al revés: premiando el buen comportamiento (o el comportamiento neutro) con atención y castigando las rabietas con falta de ella, ignorándole. Es muy difícil no hacer caso a tu hijo cuando igual está esparciendo por la habitación la ropa que acabas de planchar, pero hay que, otra vez, tener paciencia y saber que la ignorancia es en este caso el mejor y más efectivo castigo.

No es no

Para aprender la norma el niño necesita consistencia y firmeza. Si se decide que no va a ver la tele después de las 8 no vale negociar cinco minutos más hasta las ocho y cinco. Y en eso, lo reconozco, yo soy demasiado permisivo. Ésta me la grabo a fuego. La contrapartida es que hay que pensar antes de decir no a algo. No podemos amenazar con algo que no vamos a poder cumplir, por ejemplo. Aquí también se incluye la consistencia y apoyo entre lo que dicen el padre y la madre. Si hay diferencias de criterio se resuelven más tarde.

La norma de las tres veces

Éste es uno de los posibles trucos para no tener que llegar a la ira o la violencia. Si el niño que no hace caso ve que se le pueden repetir quince veces las cosas sin consecuencias, a la siguiente esperará hasta la décimo-sexta, o hasta la vigésima vez. Vamos a intentar aplicar lo de que las cosas se dicen como máximo tres veces. La primera, suave y amablemente. La segunda seria y firme. La tercera igual pero va acompañada de la amenaza del castigo correspondiente, que hay que pensar bien para poderlo cumplir (te apagaré la tele, te vas al rincón dos minutos…). Si sigue sin hacer caso, no hay cuarta, se cumple el castigo sí o sí. Una cosa importante a tener en cuenta en este caso es que hay que darle tiempo al niño entre aviso y aviso para que asimile y cumpla lo que se le ha pedido.

Conclusión

Hay muchas más cosas pero esto es lo básico y ya me ha salido suficientemente largo. Me gustaría escuchar otras historias y opiniones, especialmente de alguien con experiencia que piense que nos estamos equivocando o algo que no estamos teniendo en cuenta.

Igualmente espero que esto le sirva a alguien.

Para cualquier cosa, aquí están los comentarios.