Las mejores películas de los 80 (I): Indiana Jones y la última cruzada

Siento que Indiana Jones y la última cruzada (1989) es un pefecto colofón para esta serie sobre las mejores películas de los 80. No sólo porque sí que la considero la mejor película de los 80, sino también porque es digna representante de una década de cine que tiene nombre propio: Steven Spielberg. De las diez películas reseñadas, cinco tienen relación directa con el director. De cuatro de ellas (El secreto de la pirámide, Los Goonies, Gremlins y Regreso al futuro) sólo es el productor y de ésta que tratamos aquí también es el director. Y todas ellas son excelentes en su género: el cine de aventuras (ya sé, Gremlins es más de terror, pero también vale).

Empiezo justificándome. La mayoría de vosotros, mis lectores, me argumentaréis que En busca del arca perdida (1981) es mejor que ésta. Es posible que sea cierto, no sólo no lo voy a discutir, sino que hasta puedo admitirlo, e igualmente podría haber elegido la primera aparte de Las aventuras de Indiana Jones para este primer puesto del podio. Pero he elegido la tercera parte por varios motivos. Primero, porque la considero al menos igual de buena. Segundo, porque la tengo mucho más presente. Y tercero, tiene varios detalles que la hacen mucho más especial para mí que la primera parte, pero ya llegaremos a ellos. En cualquier caso esta entrada puede valer para las dos.

Indiana Jones es un personaje creado por George Lucas y Steven Spielberg a finales de los 70, cuando Lucas estaba a punto de estrenar La guerra de las galaxias. Fue concebido como un cazatesoros, inspirado en algunos personajes de varias revistas pulp que ambos directores leían de pequeños en los años cincuenta. Una referencia cinematográfica anterior fue el Humphrey Bogart de El tesoro de Sierra Madre (1948). Pero también fue concebido como un superhéroe, con una personalidad secreta o alter ego que sería el Dr. Henry Jones, profesor de arqueología en la universidad, un americano medio con una vida aburrida y sin mucho a destacar que al ponerse el sombrero, la cazadora y el látigo, se convierte en el aventurero Indiana Jones. Pero hay veces que Indiana es más un antihéroe que un héroe, no tiene poderes, se equivoca y le duele cuando le pegan. Es más, cuando resuelve la aventura es más por azar que por capacidades. Indiana Jones es humano, pero también es un tipo con suerte. Es, en definitiva, un gran personaje.

Para nosotros Indiana Jones no tiene más que una cara, la de Harrison Ford (obviando a los actores que han intepretado al personaje de joven o de viejo en las películas, series de televisión o videojuegos), pero hasta tres semanas antes del rodaje el candidato era Tom Selleck (el de Magnum y Tres hombres y un bebé), quien pienso que es un gran actor y que hubiera hecho muy suyo el personaje, con el que creo encajaba perfectamete. Pero Magnum empezaba a ir bien en la televisión y por contrato no pudo desligarse y compatibilizar ambos personajes, por lo que abandonó. Harrison Ford había trabajado con Lucas en varias películas y ocupó su puesto.

Fuego!

La primera película (En busca del arca perdida, sin el nombre del personaje en el título) está situada en 1936, lo que nos ambienta históricamente en los años anteriores a la segunda guerra mundial con conflictos entre los nazis y Estados Unidos. Este conflicto se materializa en la película en el afán por encontrar el Arca de la Alianza, un objeto bíblico que se supone contenía las tablas de los diez mandamientos. En 1984 se estrenó Indiana Jones y el templo maldito, que en realidad es una precuela, ya que narra las aventuras del personaje un año antes (1935) con una secta sanguinaria en la India. Es sin duda la peor de las tres películas, pero no deja de ser una gran película de aventuras.

Y en septiembre de 1989 se estrenó en España Indiana Jones y la última cruzada con un título que daba a entender que sería la última de sus aventuras. De hecho, el próximo mayo tendremos una nueva película (Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal), lo que significa que en dieciocho años y medio no hemos tenido Indiana Jones en el cine, pero no podemos olvidar que el personaje fue explotado en los 90 en una serie de televisión y varios videojuegos, así que de última aventura, nada de nada.

Podemos considerar que el caso que nos ocupa es la verdadera secuela, no sólo porque la segunda era precuela, sino porque se retoman los elementos argumentales (algunos personajes reaparecen aquí, también los nazis y el objeto bíblico, en este caso el cáliz que utilizó Jesucristo en la última cena) y la estructura narrativa que caracterizan la primera película. Además hay unas cuantas autorreferencias y guiños internos que explican mucho mejor el personaje, empezando por la magnífica primera escena, donde un joven Indiana Jones (interpretado por el malogrado River Phoenix) descubre y “roba” la Cruz de Coronado, explicando en pocas escenas muchos de los orígenes del personaje (el nombre, el sombrero, el látigo, el miedo a las serpientes y la cicatriz en la barbilla, que originalmente es un accidente de Harrison Ford de cuando era carpintero) y que acaba con la presentación del gran acierto de esta película: la introducción del Dr. Henry Jones Sr. Sean Connery, en el otro de sus grandes papeles de madurez, junto con el Guillermo de Baskerville de El nombre de la rosa, interpreta al padre de nuestro protagonista, ofreciendo un genial contrapunto al personaje y configurando una gran y entrañable pareja cómica. Además, la elección de Connery es uno de los múltiples guiños que Indiana Jones le hace a James Bond como “padre” de los aventureros.

La bronca de Junior

Todas las escenas, una detrás de otra, son memorables y las tengo grabadas a fuego, supongo que en parte gracias a la aventura gráfica de Lucas Arts, que fue la primera que jugué, antes que The Secret of Monkey Island. No pienso eumerarlas, pero apuesto que sólo nombrando palabras como Venecia, el zeppelin o Berlín, ya he despertado imágenes, recuerdos y frases en vuestra memoria. También quiero destacar la música de John Williams, que no se limita únicamente a repetir la conocidísima tonada, sino que todo el álbum de la banda sonora es una obra maestra en sí misma.

No me queda más que añadir. Espero que hayáis disfrutado esta serie de entradas, que se ha demorado mucho tiempo más del debido (lo planeé para tres meses y he tardado casi dos años en completarla). Ahora toca empezar a preparar una década con un sabor cinematográfico muy distinto: los setenta.

Las mejores películas de los 80 (I): Porky’s

Edito a las 00h37 del 29 de diciembre: No espero que nadie se lo haya creído, pero por si acaso, es bueno que miréis la fecha en la que he escrito esto. También he de decir que es la primera reseña de cine que escribo sin haber visto antes la peli 😛 . El primer puesto auténtico de la lista de los ochenta no tardará en caer…

Porky’s (1982) inauguró el género de comedia sexual desmadrada, películas que poblaban los primeros videoclubs con cintas beta en los años ochenta, y que los niños preadolescentes de la época alquilábamos a escondidas de nuestros padres junto con las Viernes 13 y todas las Emmanuelle’s posibles.

Como sus sucesoras, la serie de American Pie (1999) y la reciente Supersalidos (2007), la película narra las aventuras de adolescentes de instituto con un único objetivo en la vida: perder la virginidad.

Tanto el director como los actores protagonistas parecen hechizados por una maldición que no les ha permitido hacer nada más en la vida. Como mucho, el director Bob Clark ha seguido en la comedia, pero con cosas de la altura de Unos peques geniales (1999), y su segunda parte Superbabies (2004). Sólo una de las actrices que se destapaba en la película ha hecho algo interesante: Kim Cattrall es Samantha en las seis temporadas de Sexo en Nueva York, en un papel que no se desmarca demasiado de su Honeywell de Porky’s.

Porky’s

Para un adolescente en los ochenta es imposible no sentirse plenamente identificado con estos personajes, que consiguen que te sientas protagonista de una película que ha marcado una generación.

Las mejores películas de los 80 (II): El club de los poetas muertos

La primera vez que vi El club de los poetas muertos (1989) fue en clase de filosofía en BUP. Supongo que después nos tocó hacer un trabajo sobre el concepto del carpe diem y su relación con la felicidad que seguramente se lo copié a Raquel, y por eso no recuerdo haberlo hecho. Lo que sí recuerdo es, no sólo que ese era el tema principal de la película, sino que me caló tan hondo que todavía hoy considero que gran parte de mi filosofía de vida está basada en lo que aprendí de esta película.

Robin Willams (en su mejor papel, a años luz de cualquier otro que haya hecho…, bueno, quizá lo iguala el de Despertares (1990) ) es John Keating (un papel para el que también se postularon Liam Neeson y Dustin Hoffmann), un profesor de literatura que llega a una estricta escuela de niños pijos y revoluciona el gallinero. Sus clases siguen un método de enseñanza completamente distinto al que de una escuela cuyo lema es “Tradición, honor, disciplina y excelencia” se puede esperar, y aspira, no sólo a enseñar literatura a los jóvenes, sino a educarlos en una forma de pensar y una forma de vivir que les ha de hacer hombres libres. Claro, algunos de los alumnos se toman la lección demasiado a la brava y Keating tendrá que resolver unos cuantos problemas, aparte de enfrentarse con algunos de los padres, sus superiores y el resto del profesorado.

De los chavales, los dos más protagonistas han seguido haciendo carrera. La carrera de Ethan Hawke continuó lanzada después de ésta, e hizo Colmillo Blanco (1991), El país del agua (1992), ¡Viven! (1993), Reality Bites (1994), Gattacca (1997), Grandes esperanzas (1998), …, y hasta hoy no ha perdido el ritmo. Robert Sean Leonard, después de Rebeldes del swing, Mucho ruido y pocas nueces y La edad de la inocencia, las tres de 1993, no hizo nada interesante hasta que desde hace unos años es el querido Wilson del Dr. House. Leí una vez a alguien que decía que parece una ironía que este actor resurja con un papel de doctor oncólogo, cuando el papel que le dio a conocer en la peli que nos ocupa es la de un chaval al que su padre (Kurtwood Smith, el malo de Robocop (1987)) le obliga a estudiar medicina, y él no aguanta la presión porque lo que quiere es ser actor.

Las clases del profesor Keating

Dirige Peter Weir, uno de los directores de Hollywood que, aun con su escasa producción (va al ritmo de una peli cada cinco años), puede ser considerado uno de los grandes, aunque sea por Único testigo (1985) y El Show de Truman (1998), donde curiosamente también consigue uno de los mejores papeles de un actor-payaso como Jim Carrey, en este caso.

El título de la película viene de las escapadas nocturnas que, inspirados por las enseñanzas del profesor, una parte de los chavales hacen por las noches a una cueva cercana a la escuela con el objeto de leer poesía, además de fumar y tocar el saxofón, pero claro, en un momento dado aparecen las chicas y los conflictos aparecen. Toda la película, sus frases, sus momentos, toda es maravillosa, pero hay pocas escenas en la historia del cine que me emocionen tanto como este final en el que en un acto de rebeldía varios de los alumnos se suben a las mesas de la clase para demostrar al profesor que han aprendido algo.

¡Oh, Capitán, mi Capitán!

¡Oh, Capitán, mi Capitán!

Las mejores películas de los 80 (III): Cinema Paradiso

Cinema Paradiso (1988) es un canto a la amistad intergeneracional, a la libertad y al amor. Pero por encima de todo Cinema Paradiso es una sentida declaración de amor incondicional al cine.

Lo primero que recuerdo de Cinema Paradiso es que ganó el oscar a mejor película extranjera (así llamábamos al premio antes de renombrarse a mejor película de habla no inglesa). Yo la vi por primera vez un par de años después, y desde ese momento se convirtió en una de mis películas favoritas.

La película tiene un pequeño prólogo, dos partes y un epílogo. La primera parte narra el nacimiento de la amistad entre un niño de un pueblo siciliano y el viejo proyeccionista del cine del pueblo. Totó es un corriente niño travieso, pero fascinado por el cine. En una de las primeras secuencias de la película asistimos al proceso de censura que el cura del pueblo ejerce sobre las películas a exhibir. En cuanto aparece un beso en la pantalla, la campanilla suena y el viejo Alfredo sabe que ahí es donde debe cortar. El pequeño Totó asiste escondido a estas sesiones y disfruta enormemente con el proceso. Pronto querrá aprender el oficio de proyeccionista y Alfredo le enseña sin imaginarse que un trágico suceso obligará al niño a ser el proyeccionista en los próximos años. En la segunda parte Totó ya es adolescente y cae rendido ante una chica que acaba de llegar al pueblo. Hay una bonita historia de amor y las clásicas decisiones sobre el futuro. El prólogo y el epílogo muestran a un maduro Salvatore (que ya ha dejado de ser Totó), que después de treinta años sin pasar por el pueblo, vuelve para asistir al funeral de Alfredo.

El nexo común es el cine y son grandes todas las secuencias donde los personajes asisten a los pases del Cinema Paradiso. Es dentro del cine donde todos los habitantes del pueblo se reunen los domingos por la tarde, y donde los empezamos a conocer a todos, el que se duerme, el que se queja de que hace treinta años que no ve un beso en el cine, la burguesía del palco escupiendo a los de abajo, el loco del pueblo …, más adelante, los pajilleros, la prostituta, el nuevo rico, … Todos los personajes de novela costumbrista están allí, y todos sin excepción disfrutan con las películas en la verdadera comunión dominical del pueblo, después de ir a misa por la mañana.

El personaje de Totó está interpretado por tres actores distintos, el niño Salvatore Cascio (auténtico descubrimiento de la película), el adolescente Marco Leonardi (que salió poco después en Como agua para chocolate y este año ha hecho de Maradona en una peli italiana llamada Maradona: La mano de Dios) y Jacques Perrin (que si se descuida repite papel en Los chicos del coro (2004)), ya de adulto. Phillippe Noiret (genial en La gran comilona (1973) formando parte de un tremendo póker de ases con Marcello Mastroianni, Michel Piccoli y Ugo Tognazzi, y rescatado más tarde para hacer de Neruda en El cartero y Pablo Neruda (1994)), fallecido hace unos pocos meses, es Alfredo.

Ya debían existir de antes, pero Cinema Paradiso afianzó el subgénero de película con niño, del que desde entonces se genera una película cada año con vistas a ganar el premio de los oscars, si no que le digan a Roberto Benigni con su La vida es bella, que lo consiguió, o esa de Los chicos del coro, que le fue de un pelo si no llega a ser por Mar adentro.

Alfredo y Totó

La película tiene multitud de escenas memorables, pero quisiera destacar una que yo considero como una de las grandes escenas de la historia del cine, cuando una muchedumbre se queda fuera de la sala por falta de aforo, y Alfredo se las ingenia para hacer una doble proyección mediante un juego de espejos, una en la pantalla, dentro del cine, y la otra en la fachada de enfrente. La reacción del cura es genial: “A esos de fuera cóbreles sólo la mitad”. Totó siendo llevado por su madre para firmar la pensión por la muerte del padre en combate, mientras pasan frente el póster de Lo que el viento se llevó es también brutal. Lo mismo el funeral de Alfredo y la demolición del cine, con el encuentro con todos los personajes treinta años después. Pero todas estas escenas no tendrían ni una décima parte de su emotividad si no fuera por la música del genio Ennio Morricone en una de sus mejores partituras.

Alfredo: Vives aquí el día a día y piensas que estás en el centro del mundo. Crees que nada cambiará nunca. Entonces te vas un año o dos y cuando vuelves todo ha cambiado. El hilo se ha roto. Lo que viniste a buscar ya no está. Tienes que irte mucho tiempo, muchos años, para que al volver encuentres a tu gente, el lugar donde naciste. Pero ahora eso no es posible, estás más ciego que yo.
Salvatore: ¿Quién dijo eso? ¿Gary Cooper? ¿James Stewart? ¿Henry Fonda?
Alfredo: No, Toto. Nadie lo dijo. Esta vez la frase es mía. La vida no es como en las películas. La vida es mucho más dura.

Hace unos años se editó en DVD una edición del director con unos cincuenta minutos más que la que se estrenó en los cines. En esta edición el epílogo final se alarga convirtiéndose en una tercera parte donde asistimos a un reencuentro entre Salvatore y su amada Elena, y donde hay un par de confesiones interesantes que hacen cambiar algunos puntos cruciales de la historia. Como interés cinematográfico está bien, pero no nos podemos quedar con esta versión cuando en cierto modo estropea el romanticismo de la original, donde ese encuentro no se da, y podemos interpretar la maravillosa escena final de un modo completamente diferente y desde luego mucho más emocionante. Parece que, por una vez, cortar escenas no sólo mejoró la película, sino que la convirtió en una obra maestra.

Faltan tres

En pocos días continuaré una de las series de posts que más éxito han tenido de este blog y que dejé aparcada por razones que sólo yo entiendo. De las diez mejores películas de los 80, llevo siete, y me faltan tres. Recordemos:

X.- El secreto de la pirámide
IX.- Los Goonies
VIII.- El nombre de la rosa
VII.- Gremlins
VI.- La Sirenita
V.- Cuando Harry encontró a Sally
IV.- Regreso al futuro
III.- ¿?
II.- ¿?
I.- ¿?

Como ya hice con las de los 90, a ver quién las adivina. Daré una pista de cada una, la (III) es europea y las otras dos americanas, aunque muy diferentes entre ellas. La primera tiene mucho que ver con cuatro de las que ya están en la lista. No os cortéis.

Las mejores películas de los 80 (IV): Regreso al futuro

Vi Regreso al futuro el día de Navidad de 1985. En la tarde aburrida que viene después de la sopa de galets y l’escudella i carn d’olla de la iaia, mis padres dejaron a mis hermanas con la iaia, el primo y los tíos y a mí me llevaron al cine. Me quedaba un mes para cumplir los 11 y ese año yo ya había dejado de leer los cómics de Tintín para empezar a leer libros un poco más serios. Después de ver la película de La historia interminable me leí el libro y me gustó tanto que luego me leí Momo del mismo autor Michael Ende y todavía me gustó más. Éstos no eran simples libros para niños, que también. Eran libros que hacían pensar a través de su propia fantasía y Momo me enganchó por su concepción del tiempo: ese pasado, presente y futuro que se representan a través de un péndulo que sobrevuela capullos de rosas, que se abren y se marchitan una por cada hora que uno vive. Y al final del año veo una peli sobre viajes en el tiempo. Salí del cine teniendo una animada conversación con mi padre sobre lo que representaba poder ir al pasado y cambiar tu propio futuro. Es increíble cómo dos libros y una película pueden influir de tal manera en el niño que yo era a los diez años, que siento que yo ahora no sería la misma persona si me hubiera faltado alguna de estas tres cosas.

En cualquier caso ésto no es una justificación. Regreso al futuro (e incluyo sus dos continuaciones) sería igualmente una genial serie de películas sin haberme tenido a mí como fiel y fascinado espectador. Obviando el argumento friki sobre viajes en el tiempo, son tres grandes películas de acción, especialmente la primera.

Como viene siendo común en esta tanda de películas, produce Steven Spielberg, quien apadrina al director Robert Zemeckis, alguien que sólo había hecho un par de comedias como la divertida Tras el corazón verde y que más tarde se afianzaría como uno de los hombres fuertes de Hollywood, especialmente después de ganar unos cuantos oscars con Forrest Gump (1994), y aunque es un director con altibajos, aparte de las continuaciones de la que nos ocupa también le podemos destacar ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (1988) y Náufrago (2000).

La peli trata sobre un estudiante de instituto (Marty McFly) que tiene como mejor amigo a un científico loco (Doc Emmet Brown) que acaba de inventar una máquina del tiempo. Marty accidentalmente viaja treinta años atrás en el tiempo y se entromete en la vida de sus padres, provocando que su madre se enamore de él en vez de su padre. Como ya la tenemos liada, el resto de la peli trata de la resolución de este fenomenal lío. No es que McFly esté interpretado por Michael J. Fox, es que Fox es McFly, igual que Christopher Lloyd es Doc. No es que no hayan hecho nada más en sus vidas (aunque a Fox le haya truncado su carrera un prematuro Parkinson) pero indudablemente son papeles que han marcado sus carreras.

Doc Emmet Brown y Einstein

Los viajes en el tiempo, aparte de ser la base de una entretenidísima película de acción, es la excusa para hacer un sentido homenaje a los años cincuenta y llenar la película de referencias a la época en que nació el rock and roll, por un lado, y por el otro meter otras tantas referencias a la peli El tiempo en sus manos (The Time Machine, 1960, de George Pal), entre otras cosas, ambas empiezan mostrando un montón de relojes marcando la misma hora. Es genial la referencia circular donde McFly toca el Johnny B. Goode de Chuck Berry y mientras tanto un tal Marvin Berry telefonea a su primo Chuck para decirle: “Escucha, éste es el sonido que estabas buscando”. Como éste, la peli está plagada de guiños que ir descubriendo como un juego paralelo a su visualización y disfrute.

Las dos continuaciones, estrenadas en 1989 y 1990, respectivamente, se rodaron simultáneamente, aunque argumentalmente son algo distantes. La segunda es una complicación sobre la trama de la primera en la que además de al pasado, viajamos al futuro, un año 2015 ahora mucho más cercano de lo que hace 18 años imaginábamos poder llegar. La tercera cambia completamente de entorno al llevarnos al far west del 1885, una excusa perfecta para homenajear, esta vez, a los spaghetti westerns de Clint Eastwood y Sergio Leone. Ambas películas, además, revolucionaron las técnicas para hacer aparecer a un actor haciendo varios personajes simultáneamente en pantalla.

Esta película, definitivamente, ha dejado de ser sólo una película para convertirse en un mito cultural. Hoy, posiblemente gracias a sus múltiples pases televisivos, cualquiera identifica la fantástica partitura de Alan Silvestri, el reloj de la torre, el baile del encantamiento bajo el mar, el perro Einstein o el DeLorean, la máquina del tiempo que necesita del condensador de fluzo y 1,21 jigovatios (sic) para funcionar, exactamente la energía de un rayo de tormenta.

Condensador de fluzo

Las mejores películas de los 80 (V): Cuando Harry encontró a Sally

(Recupero esta serie después de muchísimos meses de sequía sobre las mejores películas de los 80. No tengo más excusa que la vagancia y que realmente esta peli se me ha atravesado. Pero hoy es un buen día para retomarla para que quien venga desde Moonfleet se encuentre con algo de cine por aquí, y porque el uno de septiembre es un buen día para retomar proyectos. A partir de ahora, cada viernes, las cinco que quedan.)

Cuando Harry encontró a Sally (1989) es una comedia romántica de cuando las comedias románticas eran buenas (obviando los clásicos de los 50). Un año antes teníamos Armas de mujer y al año siguiente llegó la que es quizá la representante culmen del género: Pretty Woman. Después de la de Richard Gere y Julia Roberts todo es repetición de esquemas y malas películas: eliges a Sandra Bullock, Drew Barrymore o Jenniffer López y a cualquier chico de moda, pulsas el botón de generación de guiones y a rodar. Desde Pretty Woman todo es decadencia.

Pero Cuando Harry encontró a Sally fue, además de una buenísima comedia romántica, todo un tratado sobre relaciones humanas que básicamente se pregunta si un hombre y una mujer pueden ser amigos, y sólo amigos. La apuesta de los dos protagonistas (fabulosos Meg Ryan prebotox y Billy Crystal) es que sí, que así es, y se pasan la película siendo sólo amigos y buscándose pareja mútuamente (aquí aparecen maravillosos secundarios como Carrie Fisher, la Leia de La Guerra de las Galaxias o Bruno Kirby) cuando todos sabemos que están hechos el uno para el otro.

La peli cuenta un periodo de muchísimos años, treinta o cuarenta, desde que los protagonistas son adolescentes hasta la madurez, y las diferentes etapas que se nos cuentan están separadas por pequeñas entrevistas de gente que nos van contando su opinión de las relaciones humanas. Este esquema parece una ida de olla hasta que al final todo se resuelve y el círculo se cierra perfectamente. El director es Rob Reiner, muy multidisciplinar pero con muy buena mano. A modo de ejemplo tenemos las variadas y buenísimas pelis de Cuenta conmigo (1986), La Princesa Prometida (1987), Misery (1990) o Algunos hombres buenos (1992). A partir de finales de los noventa se ha dedicado a hacer las comedias románticas baratas de que hablábamos antes. Lo mismo que la guionista Nora Ephron, que recicló a Meg Ryan sin mucha originalidad, ya como directora, en Algo para recordar (1992), donde la acabó de emparejar con Tom Hanks en el género y los acabó de quemar en Tienes un email (1998).

En el bar

Al final todo huele un poco a Woody Allen. La calidad de los gags, la redondez de la historia explicada y la profundidad del análisis de las relaciones recuerdan muchísimo al director de Manhattan. No en vano es muy buen amigo de Reiner y éste ha aparecido en varias de las pelis de Allen como actor de reparto. No es extraño que de él aprendiera y a él homenajeara con esta bonita y a la vez contundente comedia sobre la amistad, el amor, y sus puntos de confusión. Una maravilla.

Las mejores películas de los 80 (VI): La Sirenita

La Sirenita (1989) representó la resurrección de (la marca) Disney después de algo más de dos décadas de la muerte de (el mago de la animación) Disney. Walt Disney murió en 1966 durante la producción de El libro de la selva, considerada la última de los clásicos de la época dorada que se inició con Blancanieves y los siete enanitos (1937). Aunque Taron y el caldero mágico (1985), Tod y Toby (1981) o Basil, el ratón superdetective (1986) sean de la misma década y les tengamos todo el cariño que les podamos tener a las películas de nuestra infancia, La Sirenita fue un gran salto adelante: se recuperó la calidad cinematográfica y la magia de Blancanieves (1937), Pinocho (1940) y La Cenicienta (1950), y no fue una excepción, sino que tuvo continuidad con La Bella y la Bestia (1990) (que aunque no aparecía en el top de los 90, podría haber estado), Aladdin (1992), El Rey León (1994) y hasta El Jorobado de Notre Dame (1996).

Como toda producción disney que se precie, está basada en cuento tradicional, en este caso del danés Hans Christian Andersen, que relata la imposible historia de amor entre una sirena (un ser mitológico mitad mujer mitad pescado) y un marinero con un tristísimo y romántico final, donde la sirena acaba convertida en espuma de mar y acompaña al marinero al lado del barco toda la vida. Pero la receta disney dice que toda historia debe tener un final feliz (hasta que Pocahontas (1995) rompió la tradición) y que no hay cuento sin princesa (y la sirena pasa a ser Ariel, la hija de Tritón, el rey del mar y para compensar el marinero pasa a ser el príncipe Eric) y que hay que poner buena música y canciones, y simpáticos personajes secundarios, … Todo esto podría parecer una crítica sarcástica a la manipulación que la fascistoide corporación Disney ejerce sobre las endebles mentes infantiles, e incluso lo podría ser, pero es que en este caso la receta les salió deliciosa. Y también hay que reconocer que la receta funciona, al menos para las películas, que cuando en DisneyLand cometes el error de tragarte La historia de los presidentes de los Estados Unidos da repelús.

Sebastián

Quiero destacar dos de estos ingredientes que en esta peli son supremos. El primero es el personaje secundario que siempre da el contrapunto humorístico a la película, y en este caso es el cangrejo cubano Sebastián, fantástico especialmente en la oscarizada canción Bajo el mar.

El segundo elemento a destacar es la música y la letra, de Alan Menken y Howard Ashman, respectivamente, en su segunda de cuatro colaboraciones hasta que Ashman murió de SIDA en 1991 a punto de finalizar las letras de Aladdin, que terminó Tim Rice. La primera de las colaboraciones no es Disney, sino esa extraña peli de la planta carnívora Audrey, La tienda de los horrores (1986), donde, además de ver a la planta cantando, lo más extraño es ver a Steve Martin con el pelo teñido de negro. Después de La Sirenita hicieron La Bella y la Bestia, estrenada ya después de la muerte de Ashman y a quien se dedica la película de esta forma:

A nuestro amigo, Howard, quien dio a una sirena su voz y a una bestia su alma, siempre agradecidos. Howard Ashman (1950-1991).

Artículo relacionado: La animación clásica.

Las mejores películas de los 80 (VII): Gremlins

Gremlins (1984) también está producida por Spielberg. Volvemos entonces al tema principal de lo que acabará siendo esta serie, después del paréntesis de El nombre de la rosa. Con nuestras propuestas número X y IX, además de productor, también coincidimos en guionista, Chris Columbus, quien acabaría como director algunos años después con Sólo en casa (1990) como gran éxito, que lo encasillaría como director de comedias disparatadas como Mrs. Doubtfire (1993) o Nueve meses (1995), hasta que a partir de 2001 hizo las dos primeras de Harry Potter. Todas películas normales que quedan muy por debajo de lo que podíamos esperar de él después de sus guiones de mediados de los ochenta, aunque también es verdad, en los noventa ya habíamos crecido…

El director elegido esta vez es Joe Dante, quien hasta entoces había hecho una copia barata del Tiburón de Spielberg pero con pirañas, Piraña (1978), y una particular versión de las pelis de hombre lobo: Aullidos (1981). Más tarde haría la divertida El chip prodigioso (1987), donde un hombre miniaturizado (Dennis Quaid) se introduce por error a través de un jeringazo en el cuerpo de un simple cajero de supermercado (Martin Short). La olvidable segunda parte de Gremlins (1990) y Pequeños guerreros (1998) es de lo poco que hizo este hombre en los noventa.

Gremlins

Gremlins tiene una estructura de película de terror, y, de hecho, lo es, aunque con toques de comedia y un montón de referencias a clásicos del cine infantil. Quizá por eso nos la dejaron ver en su momento, además de que los sustos no cuentan para la calificación por edades, sino los litros de sangre que se hayan usado, y en esta peli hay bien poca. La trama se origina con un regalo que un padre quiere hacerle a su hijo por Navidad: una mascota. Es un bicho extraño, pero con cara de bueno, peludito, tierno y simpático como un oso de peluche (qué buen ojo tuvieron los de márqueting, el peluche de Gizmo se sigue vendiendo como rosquillas). Pero el bichillo viene con instrucciones, tres normas muy claras, que, por supuesto, veremos transgredir una a una hasta conseguir que un tranquilo pueblecillo se llene de seres verdes, feos y con muy mala leche. Lo mejor de la peli empieza con la aparición de la versión verde y cabrona de estos gremlins, convirtiendo la búsqueda y captura de los cinco primeros ejemplares en un torrente terrorífico de adrenalina para el espectador, con una culminación brutal en la piscina municipal, donde todos sabemos lo que va a ocurrir. Las siguientes escenas donde se nos muestran las putadas de los traviesos monstruitos a los habitantes del pueblo tampoco tienen desperdicio. Mención aparte merece la maravillosa música de Jerry Goldsmith, que todavía me pone los pelos de punta.

Las mejores películas de los 80 (VIII): El nombre de la rosa

El nombre de la rosa (1986) es una adaptación del libro del mismo título de Umberto Eco. Publicada en 1980, fue la primera novela del catedrático de semiótica de la Universidad de Boloña, y como tal, es una densa novela histórica plagada de referencias a la filosofía y a la historia de la filosofía.

A finales del siglo XIV, la llegada de unos monjes franciscanos a un sobrio monasterio benedictino con el objetivo de discutir sobre la pobreza de Jesús coincide con una serie de misteriosas muertes. Uno de los franciscanos es Guillermo de Baskerville, quien, acompañado de su discípulo Adso de Melk, se encargará inmediatamente de investigar los hechos. En la novela, este contexto histórico y argumental es una excusa perfecta para mostrarnos un momento clave en la historia de la filosofía. La película se centra más en el misterio de las muertes y en las investigaciones de Guillermo, apuntando levemente la temática filosófica. El director Jean-Jacques Annaud explotó magistralmente el filón más cinematográfico de la novela, convirtiéndola en una estupenda película de misterio a lo Sherlock Holmes ambientada en la Edad Media. Por esto se considera, junto con El Padrino, una de las mejores adaptaciones de novela de la historia del cine.

Para el papel de Guillermo se optó por un actor en decadencia, Sean Connery, quien gracias a este papel y al del padre de Indiana Jones tres años después, reactivó su carrera e hizo olvidar su encasillamiento con James Bond y lo convirtieron en un mito viviente. Lo acompañaron un Christian Slater de apenas quince años como el novicio Adso y una tropa de increíbles secundarios como los monjes de la abadía, destacando a F. Murray Abraham como Bernardo Gui, el inquisidor, y un genial Ron Perlman como Salvatore, el monje jorobado, quien se ganó, con éste y varios otros papeles (la bestia de la serie de televisión La Bella y la Bestia con Linda Hamilton, el troglodita protagonista de En busca del fuego o Hellboy) un puesto en el podio de actores feos.

Jean-Jaques Annaud es un director con una peculiar filmografía. Después de un par de películas en su Francia natal hizo En busca del fuego (1981), una visión realista sobre la evolución del hombre prehistórico. Después de El nombre de la rosa hizo El oso (1988), otra película casi sin diálogos, pues, como la última que ha hecho, Dos hermanos (2004), protagonizada por tigres, los protagonistas son animales. El amante (1992), Siete años en el Tíbet (1997) y la magnífica Enemigo a las puertas (2001) son sus otras películas destacadas. Excepto en El amante, donde por razones obvias hay muchas, y en las de animales, en sus películas suele destacar una única escena de sexo, mostrada de forma natural y difícilmente olvidable por el espectador. En En busca del fuego es impactante la escena de sexo salvaje entre trogloditas, y en Enemigo a las puertas los protagonistas hacen el amor mientras comparten habitáculo con decenas de personas en las deplorables condiciones que la guerra provoca. El nombre de la rosa no sólo no es una excepción, sino que contiene una de las mejores escenas de sexo de la historia del cine, cuando el inexperimentado novicio descubre a una hambrienta (en todos los sentidos) y pobre (aunque tremenda) aldeana (por si le interesa a alguien, la actriz es la chilena Valentina Vargas) en la cocina de la abadía.

El nombre de la rosa

El título de la película es curioso, porque aparentemente no tiene nada que ver con su argumento. Únicamente en la frase final, el narrador (que es Adso, como en las novelas de Holmes es Watson), refiriéndose a la chica cuenta que nunca consiguió saber su nombre, lo que induce a pensar que “la rosa” es la chica. Hay un interesante debate en un foro sobre literatura, del cual extraigo el interesantísimo post de Fabita (aunque recomiendo toda la discusión):

Es verdad lo que dice marianacampos; el título de la novela tiene que ver, sobre todo con la época medieval y la discusión entre los nominalistas y los esencialistas que creían que en el nombre estaba la esencia de la cosa, y no en la materia. Sin embargo, los nominalistas, no creían en los nombres universales como sostiene mariana, más bien, consideraban que el nombre era como un atributo de la cosa, que le venía externamente y que unía una imagen universal de ella en nuestra mente, es decir, la representación de la rosa, independientemente del nombre que se le diera. El nombre sólo nos permite entendernos, sostenían ellos.
Durante la era medieval, los monjes estaban empecinados con abarcar el conocimiento, y de ahí la función más importante que la sacerdotal en las abadías, las de reproducir los escritos y papiros, y por ende, prolongar el conocimiento, temporalmente hablando. Y ya que digo esto, hay que ver que esta función tiene relación con el argumento de la novela. Vean: los eruditos (los que además de saber leer y escribir podían interpretar; es decir, no todos los monjes -y ni hablar del pueblo-) eran como guardianes del conocimiento. Ellos podían usar de él (como Dios utiliza el conocimiento que tiene acerca del universo y del hombre) y por eso estaban por encima de los demás. Es por eso que la lectura de la parte hoy perdida de la Poética de Aristóteles, que pone el saber universal en la risa, es el que desencadena el inicio del fin. Porque eso sería trasladar el saber al pueblo, la masa; de ahí todas las explicaciones que da el viejo ciego. Y de ahí también que se discuta la rosa: ¿existe como algo universal? ¿es sólo un nombre? ¿puede conocerce? ¿debe conocerse? ¿quién puede hacerlo? ¿está en la senda de Dios el hacerlo?, etc.
Pero bien, no desesperen quienes vieron en la rosa a la mujer, porque si la rosa es un nombre, es decir, una imagen mental que nos permite entendernos, la rosa se transforma en una imagen ideal, y la imagen ideal, más allá del nombre que usemos, puede tener en nuestra mente la forma que deseemos. Por eso, ustedes imaginaron una mujer, porque ellas son su rosa.
Y tanto hablar de rosas y mujeres, ¿no les recuerda a cierto personaje enamorado de una rosa?

Lo cual nos lleva de nuevo al libro y su temática filosófica. Aparte de en Sherlock Holmes (“elemental”, dice nuestro fraile-detective al principio de la peli en un guiño brutal), Guillermo de Baskerville (como El perro de los Baskerville, la tercera novela de Conan Doyle con Holmes como protagonista) está basado en el franciscano Guillermo de Occam, uno de los más conocidos filósofos nominalistas. Es conocido el postulado de La Navaja de Occam:

La navaja de Occam (o navaja de Ockham, o principio de economía o de parsimonia) hace referencia a un tipo de razonamiento basado en una premisa muy simple: en igualdad de condiciones la solución más sencilla es probablemente la correcta.

Entre otras cosas, la filosofía de Occam es el origen de la epistemología o filosofía de la ciencia. Si al final lo más extraño es que este hombre fuera religioso. Supongo que no había otro modo de ser filósofo en la época, y de ahí sus problemas con la jerarquía eclesiástica y la inquisición.

No quiero terminar sin comentar que la película dio origen a uno de los mejores videojuegos que han existido: La abadía del crimen.

Abadia del crimen

Fue realizado por Opera Soft en 1988 para las plataformas de 8 bits de la época (MSX, Amstrad, Spectrum). Parece que su programador, Paco Menéndez, se suicidó en 1999. Hace mucho tiempo, hasta Nacho Escolar habló sobre ello. Revisando la web del remake (que no es tal, sino la adaptación del código original a los sitemas operativos actuales) he llegado a algo muy interesante:

El enigma de la abadía