Los cuatro tabús de la paternidad

Ayer me encontré confesando en un comentario del blog de Su que yo, a veces, odio a mi hijo. Cuesta decirlo y cuesta escribirlo, pero lo que más cuesta es enfrentarse al momento en que, cuando tú estás muerto de sueño y él no deja de gritar y patalear en su cama, sientes que deseas con todas tus fuerzas tirarlo por la ventana y librarte de la pesadilla. No lo haces, por supuesto, pero de pronto entiendes todos los filicidios que aparecen en los periódicos. Esto es solo un ejemplo personal de cosas que no se pueden contar en público. Hay unas cuantas más. Algunas quedan recogidas en este emocionante video que he encontrado hoy en uno de los blogs de Quo. Vale la pena (se pueden activar los subtítulos en castellano):

18+18

Hoy hace dieciocho años mi padre me regaló el curso de la autoescuela para sacarme el carnet de conducir. Lo logré diez meses y medio después.

La sensación que me queda es que, aunque puedo contar qué ha sido de mi vida y lo más importante de cada año desde 1993 hasta hoy, de un solo vistazo no me salen los números y parece que fue ayer que conseguí la etiqueta de «mayor de edad». Han pasado mis segundos 18 años en un suspiro.

Por lo demás, no me quejo. Tengo unos gramos de melancolía que destilar que vienen pegados con el día que es, cada año, pero no voy a seguir escribiendo que os voy a deprimir y ni siquiera sería justo porque yo estoy bien (hay una palabra inglesa que da en el clavo con esto: I’m content, que es algo así como satisfecho). Igual el punto de dolor de cabeza y el estómago revuelto con el que me he levantado esta mañana tienen algo que ver. Voy a acabar de estropearlo con un pedazo de cada una de las tartas (una de limón y una de chocolate) que les he traído a mis compañeros de trabajo. Y luego en casa ¡pastel y besitos de mis hijos!

Creo que empezaré mi nuevo año mañana. Hoy aún tengo mucha transición por la que pasar.

Hoy hace un mes. Experiencia de un Parto en Casa.

El 14 de diciembre nació mi segundo hijo, Marc. Su nacimiento ha sido una de las experiencias más increíbles de mi vida.

Tiempo atrás había decidido tener un parto en casa, aunque la idea no era muy del agrado de mi marido, Alex. Al final terminó convencido porque la comadrona le hizo ver que no era tan complicado, ni se necesitaba de un gran equipamiento para hacerlo posible. Lo más importante lo tenía. Un parto previo sin complicaciones, un embarazo sano, el bebé se encontraba en posición correcta y su peso estimado se encontraba dentro de la normalidad.

Yo estaba preparada mental y psicológicamente. “Hoy es el día” me dije a mí misma, y lo supe en cuanto me puse de pie unos minutos antes de las 6:00 y sentí un calor que me resbalaba por los muslos. Había roto aguas y sabía que se desencadenaba el trabajo de parto. Llamé a Alex y le dijé. -Hoy es el día-, aunque entre lagañas el tardó en asimilarlo un rato más.

Enseguida comencé a prepararlo todo. El salón estaba lleno de juguetes de mi hijo mayor y tenía que despejarlo todo y poner los plásticos para preparar el sitio donde iba a tener a mi hijo. Alex aparece en escena y me dice ¿En qué te ayudo? y le digo, -prepara el salón, yo me voy a duchar-  Necesitaba estar limpia para el nacimiento. La ducha me sentó muy bien. El agua caliente era muy relajante ya que las contracciones comenzaban a ser más frecuentes y más fuertes. Alex iba tomando los tiempos, la frecuencia y la duración de las contracciones, y yo le iba gritando desde la ducha -¡tengo otra!-

Salí de la ducha y solamente deje el baño para ponerme una camiseta negra de Eurographics, Dublin 2005 de Alex y para agarrar la máquina tens para que Alex la preparara. Volví al baño y ya no salí más.

Alex llamó al hospital a las 6:50 de la mañana para pedir que enviaran inmediatamente a la comadrona y le dijeron que tardaría en llegar unos 20 minutos. Yo empecé a sentirme cómoda sentada en el wc y poco después puse toallas en el suelo y me puse incada apoyada en el borde de la tina del baño.

Alex me iba dando masajes en la parte baja de la espalda y cuando finalmente pudo montar la tens machine, me puso los pads en la parte baja de la espalda, ¡pero no había puesto las baterias nuevas incluidas!, así que a desmontarlo, cambiar pilas y a montarlo otra vez y finalmente, el bendito aparato empezó a hacer su función. Fue muy corto el tiempo que lo usé pero el masaje de Alex y las descargas de corriente de la tens fueron la mejor opción para hacer las contracciones más llevaderas.

La comadrona, no había llegado y no llegaría hasta después del nacimiento. Yo no tenía miedo y el hecho de que la comadrona no estuviera presente aún, tampoco era un impedimento para que mi hijo naciera. Yo escuchaba a mi cuerpo, sabía que el momento se acercaba, todo funcionaba armónicamente y las contracciones eran seguidas una a otra de manera acompasada y por fin llegaba la primera contracción donde se asomaba la corona y después la contracción en la que la cabeza salía. Alex empezó a desesperar un poco porque no creía lo que estaba sucediendo. La situación era surrealista. Alex vuelve a llamar al hospital para decir que el niño estaba naciendo y salió un momento del baño. En ese momento le grité. -¡Alex regresa, que no quiero que el niño se caiga al suelo!- Alex volvió y estuvo junto  a mí y desde ese momento estuvimos en directo a través del altavoz con la gente del hospital que ante la situación decidieron enviarnos a la ambulancia, ya que llegaría antes que la comadrona. Finalmente llegó una ola de calor, la última contracción. No fue dolorosa en absoluto. Marc había llegado a este mundo a las 7:22.

En el instante en que Alex tenía al bebé en sus manos, mi primer hijo Eric de casi dos años acababa de despertar y era testigo de la llegada de su hermano. No sabemos cuanto llevaba ahí. Si un par de minutos o si llegó cuando el bebé se encontraba fuera.

La experiencia ha sido única e irrepetible. Nuestro hijo nació en nuestro hogar y ni él ni yo sufrimos. Después de un par de minutos comenzaba a llorar y Alex me pasa al bebé para que me lo pusiera sobre la piel. Alex tomó de la mano a Eric y se lo lleva a la sala plastificada e inutilizada donde le pone “Pingu” el dibujo animado favorito de Eric.

Los primeros en llegar, 15 minutos después del alumbramiento, fueron los paramédicos,  y la comadrona llegó 5 minutos después que ellos. En total, Marc y yo estuvimos unidos a través del cordón umbilical por media hora más después de su nacimiento. La comadrona cuando llegó, preparó todo para que Alex pudiera cortar el cordón y posteriormente me ayudó a expulsar la placenta de manera natural.

Soy una madre muy feliz pero a la vez me invadió la tristeza los días posteriores al nacimiento de Marc, porque sabía que había llegado el momento de pasar página y de cerrar la etapa de mi vida en la que en mí misma habitaba otra persona. Tengo la fortuna de haber tenido dos embarazos buenos y 2 partos maravillosos, aunque el parir en casa es una experiencia única y es lo mejor que pude haber hecho.

Hola, soy el padre de Marc, y también su comadrón

Creo que aún no soy del todo consciente de lo especial que ha sido el día de hoy. Quizá con los años, en las múltiples revisiones de la historia de mi vida, el recuerdo de lo que ha pasado hoy se afianzará como una de esas grandes anécdotas que contar cada vez que se tercie.

Hoy ha nacido mi segundo hijo, y eso ya es un evento único en la historia personal de cada uno, uno de esos días que quedan en la memoria y una fecha que se recuerda y se celebra cada año a partir de éste. Pero no ha sido sólo eso. Mi segundo hijo ha nacido en casa, y tenía unas ganas tan locas de salir que ni siquiera ha dado tiempo de que llegara la comadrona a asistir el parto. Mi vecino de arriba, un señor galés viudo y jubilado que también tiene dos hijos me ha contado esta tarde que cuando tuvo a su segundo, la comadrona no pudo llegar a la casa por culpa de la nieve y él ayudó como pudo en el parto. Ya tenemos algo más en común, le he dicho.

Estela llevaba media hora despierta cuando a las 6 y media me ha despertado diciendo que ya había roto aguas y que hoy era el día. Me ha dicho que se quería duchar, y que yo mientras fuera preparando la sala para el parto, poniendo plásticos en los sofás y preparando sábanas y toallas. Mientras tanto iba apuntando las horas de las contracciones: 6h22, 6h35, 6h40, 6h43, 6h45, 6h47… y ya no hay más horas apuntadas. En algún momento hemos llamado al servicio de natalidad del hospital para pedir que enviaran a la comadrona, quien a las 7 me ha llamado diciendo que tardaba 20 minutos o media hora dependiendo del tráfico. También en algún momento Estela había salido de la ducha, pero ya no salió del cuarto de baño. Estaba a cuatro patas sobre dos toallas en el suelo del baño. Le preparé y coloqué el TENS para el dolor y le iba dando masajes en el coxis mientras esperábamos a la comadrona, pero en la contracción de aproximadamente las 7 y cuarto vi aparecer la coronilla del bebé. En la siguiente contracción asomó todo el coco y en la siguiente ya veía los ojos, la nariz y la boca: ya tenía la cabeza fuera. Llamo al hospital: ¡ESTÁ NACIENDO! Me confirman que la comadrona está en camino, pero que me mandan una ambulancia por si acaso. Menos de un minuto después salen los hombros y el resto del cuerpecito suave y frágil de mi nuevo hijo. La imagen es de tebeo: yo sentado en el suelo con el bebé en las manos, Estela a cuatro patas con el cordón umbilical colgando y un gran interrogante sobre nuestras cabezas: «¿Y AHORA QUÉ COÑO HACEMOS?» En ese mismo momento aparece por detrás de mí mi hijo mayor Eric, que cumple dos años la semana que viene, y se mira la escena uniéndose a la interrogación de sus padres. Una voz desde el teléfono rompe el silencio: ¿todo bien? ¿está el niño llorando? No, no lo estaba.

Mientras Estela se sienta y abraza a su nuevo bebé, yo me llevo a Eric a la sala y le pongo sus dibujos favoritos: el Pingu. Sigo al teléfono con el hospital, que me van preguntando si hay sangre (sí, pero no parece haber fuga, más que la que ya ha salido), si el niño llora (parece que empieza) y que aunque está todo bien, que me mantenga en línea hasta que llegue la ambulancia. Desde el balcón veo salir a los tres paramédicos de la ambulancia. Cuelgo con el hospital y me doy cuenta de que no me he fijado a qué hora nació mi hijo. Miré el reloj a las 7h26, pero ya hacía un rato que había salido. Decidí que la hora oficial sería las 7h22. A las 7h40 llegaron los de la ambulancia y menos de cinco minutos después llegó la comadrona. Antes de las 8 corté el cordón umbilical y Estela expulsó la placenta.

Marc ha pesado cuatro kilos y 20 gramos. 380 gramos menos que su hermano Eric hace ya casi dos años.

Epílogo. Ya estaba decidido que haríamos parto en casa. Aquí en Inglaterra el parto natural y el parto en casa se promueve por el equipo de comadronas que te asiste durante el embarazo. Hoy he pensado que es una suerte que lo tuviéramos decidido así de antemano. Si tenemos la idea de que hay que ir al hospital, hubiéramos sido otra de esas historias increíbles de «niño que nace en un taxi». El niño tiene en estos momentos dieciséis horas y media, ha nacido en casa y no tiene necesidad de salir de ella hasta que nosotros lo decidamos. Esto es comodidad, y me alegro de haberme dejado convencer.

Diseño disfuncional

A los diseñadores de hoteles modernos en espacios históricos:

Poner un halógeno en el suelo para iluminar las columnas dóricas mola mucho, pero cuando mi hijo se escapa de la habitación descalzo y pisa la luz, le quema y le duele.

Ténganlo en cuenta.

+1

Esto es para los pocos que todavía no me siguen en twitter o en facebook, informamos que mi amada esposa y yo, y sin el consentimiento expreso de Èric (quien aventuramos que cuando se empiece a dar cuenta de las consecuencias de la pérdida de su reinado, se va a cabrear como una mona) hemos formalizado los trámites para la ampliación de la familia a finales de año.

Para los pésames, palmaditas en la espalda y otras muestras de compasión, sírvanse pasar por los comentarios.

La lección

Anoche el niño se fue a dormir inquieto. Muy cansado, pero inquieto.

Tengo pendiente escribir nuestros últimos ocho meses de aventuras para que el niño se duerma, de los cuales los últimos dos o tres han ido a mucho mejor, pero esa será una entrada técnica, estructurada y larga y será contada en otra ocasión. Lo de hoy es una anécdota con moraleja.

Eric ya hace varios meses que, en general, duerme toda la noche, desde las ocho o las nueve, que lo ponemos a dormir, hasta las cinco o seis de la mañana, cuando a veces se despierta ya definitivamente y a veces se vuelve a dormir un par de horas más.

Anoche se durmió sobre las nueve. Estaba, como decía, muy cansado, pero también inquieto. Dio muchas vueltas en la cama ante de quedarse dormido. Una hora más tarde se despertó llorando. Fui y con un poco de consuelo se volvió a dormir rápido. Pero cuando nos íbamos a dormir nosotros, sobre las doce, se puso a llorar desconsoladamente. Lo cogí en brazos pero no dejaba de llorar. Lo llevé con su madre (santo remedio en todas las demás ocasiones) y tampoco dejó de llorar. Ni siquiera quería teta. Estela dijo que seguro que le dolía la tripa. Le palpé y se puso a llorar más. El pobre debía estar sufriendo mucho. Quería huir. No quería estar en brazos. Tampoco en su cama. Tampoco en nuestra cama. Lo dejamos de pie en el suelo a ver si iba a algún lado, pero no, se apoyó en la cama y siguió llorando. Decidimos que le daríamos Calpol (jarabe con paracetamol para niños), pero ya me estaba haciendo a la idea de empezar a vestirme para ir a urgencias.

Llevé el jarabe y Eric se abalanzó sobre él. Nunca le ha gustado tomar jarabe pero esta vez lo engulló. Pedía más. Nos pedía el frasco. Entonces Estela tuvo una iluminación: «¡Tiene sed!»

Fui por su tacita, que estaba medio vacía y se la di. La terminó en dos tragos. La rellené y volvió a beber. Tomó más de la mitad. Me dio la taza, se estiró y cerró los ojos con cara de satisfacción. Lo llevé a su cama. Se ha despertado a las seis y se ha vuelto a dormir hasta las siete y media, como muchas mañanas. Está perfectamente.

Lección para no olvidar: antes de pensar en medidas drásticas, cuando un niño llora, revisa la lista de necesidades básicas. A saber, más o menos por este orden: sed, hambre, cansancio, inseguridad, suciedad, dolor.

¡Qué ganas tengo de que mi hijo aprenda a decir «agua»!

Cuidado con los gremlins

Hace unos días una amiga de Estela se fue durante dos meses a Noruega a acompañar a su marido en una estancia de investigación. Como tienen un niño de la misma edad que Eric, Estela decidió regalarle unos cuantos DVD’s con programas infantiles, incluyendo las dos temporadas de Pocoyó (algo más de 100 capítulos). El resto de la historia nos la ha contado esta amiga en un mail:

Hola Estela:
Como estan? como esta Eric? espero que esten super bien.

[… (todo bien en Noruega y tal)…]

Te queria agradecer nuevamente por los videos, me salvaste la vida!! porque no tenemos television, asi que cuando esta muy aburrido le pongo los videos.
Eso si me llamo la atencion uno de los capitulos de Pocoyo titulado «Pocoyo es unico» porque estabamos hoy viendolo con Albertito y justo fuimos al bano a sacar la ropa que habia lavado y escucho una musica como tecno, lo encontre raro vine a comedor a ver que era esa musica y ese capitulo es un video porno!!! ja,ja,ja. Me rei tanto, te aviso por si acaso estas viendo los videos con Eric no se vayan a llevar una sorpresa, ja,ja,ja. menos para que lo veas con invitados. ja,ja,ja.
Pero a parte de ese particular video, estan geniales los otros, Albertito nunca habia visto la pantera rosa y le encanto queda como hipnotizado cuando lo ve, bueniiisimo.

Lo hemos comprobado en nuestra copia y es cierto. Pasó desapercibido porque tiene el mismo tamaño que los demás y el mismo formato en el nombre. En concreto es el E1T48.

Así que cuidadín, cuidadín, que ya saben, «Pocoyó es único» sí que es único.

En busca del símbolo perdido

Ayer estaba leyendo un paper y me encontré con esta fórmula:

ecuacion

No intenten descifrarla, no tiene ni debe de tener sentido para la inmensa mayoría de la gente. Sólo quiero que se fijen en uno de los símbolos que se usan en la ecuación. Éste:

symbol

Me quedé intrigado porque, aunque en el artículo queda claro qué significa este símbolo dentro de la ecuación, en mi cabeza no se correspondía con ningún símbolo comúnmente usado en matemáticas, que suelen ser letras latinas (a, be, ce, …) o griegas (alfa, beta, gama, …), números, o los clásicos símbolos de operación (más, menos, …) o comparación (igual, mayor que, menor que) .

Pasé un tiempo buscándolo y lo encontré, pero lo explicaré el lunes, mientras tanto lo dejo como tarea, a ver quién es el primer lector que da con la solución.