Breve excursión a Peak District

Como en toda buena improvisación que se precie, no hicimos nada de lo originalmente (y escasamente) planeado. Por lo menos pusimos algo de sentido común al asunto, y en vez de salir a las siete de la tarde hacia Lake District, un lugar que está a cuatro horas y media en coche de aquí, decidimos alojar en casa a nuestros amigos por una noche y salir el sábado por la mañana hacia un lugar algo más cercano: Peak District.

Más o menos a la hora de comer llegamos a Bakewell, uno de los pueblos más importantes del lugar. Lo primero que hicimos, inspirados por el nombre del lugar (Bienhornea), fue comprar un trozo de pastel y unas velitas para que Estela pudiera soplar más tarde. Además, buscamos la oficina de turismo y allí decidimos, prácticamente a ciegas apuntando con el dedo sobre el mapa, en qué zona queríamos caer para situarnos, pasar la noche y poder visitar con tranquilidad el domingo. Decidimos que buscaríamos un Bed and Breakfast por la zona de Castleton, para así poder visitar las «caves» al día siguiente.

Llamamos como a doce lugares diferentes. Sólo en dos de ellos tenían una habitación doble cada uno, lo que no nos interesaba porque éramos dos parejas, y en el que tenían dos habitaciones dobles, nos cobraban noventa libras por habitación, cuando nos habíamos autoimpuesto un límite de treinta libras por persona y noche. Así, casi en el último lugar que buscamos, tenían sitio, sesenta libras por habitación. Allí vamos.

Justo antes de llegar nos encontramos las primeras vistas.

Paisaje con puente y río

Y hacía tanto viento que nos imaginamos que podíamos volar.

Volando

Llegamos a la casa, y vimos que era hermosa.

La casa

Habitación

Cama

Nada más llegar, el casero nos ofreció té, café y galletas, que nos servimos gustosamente en la Lounge Room.

Café y galletas

Después de aposentarnos, dimos un paseo por las colinas de detrás de la casa, donde encontramos unos caballos y una mina de cemento.

Caballos

Mina de cemento

Cementera

Después de anochecer bajamos al pueblo y entramos en un pub para hacer una reserva para cenar. «Creo que no vais a tener ningún problema para cenar, no hace falta hacer reservas». «Pero yo había leído en un folleto en el B&B que… bueno, no importa. Volveremos sobre las ocho y media». Recorrimos el pueblo y volvimos al pub, donde, además de una cena excelente, disfrutamos de un servicio exquisito. Salimos de allí prácticamente «amigos para siempre» de la entusiasta propietaria del lugar, que inistió en que volviérmos al día siguiente para comer después de explicarnos sus ideas para remontar un negocio del que hacía sólo tres semanas que era dueña y que los anteriores propietarios habían dejado para el arrastre, con un cúmulo de deudas y una fama de sucios y de comida de baja calidad que a la nueva dueña, si trata a todo el mundo como nos trató a nosotros, no le va a costar nada superar.

Volvimos a la casa pasada la media noche, pero aún nos dio tiempo a fingir que el cumpleaños de Estela no había pasado.

A punto de soplar las velitas

Al día siguiente visitamos dos de las cuevas que hay en Castleton. Era el mejor plan teniendo en cuenta que el tiempo era horrible, con lluvia fina y frío viento, pero la visita a las cuevas fueron un auténtico timo que nos costó once libras y media por persona. La primera fue un paseo en barca subterránea, de unos quinientos metros, todo recto y sin nada que ver más que una cueva al final del recorrido que no era nada del otro mundo. Para colmo el barquero no dejaba de hacer bromas macabras sobre si cuidado con esa roca que te va a cortar la cabeza o que si nos vamos a ahogar todos y nadie nos va a rescatar. Un horror, sobre todo si comparo con la última vez que hice algo semejante, cerca de Foix en el sur de Francia que fue espectacular y sólo nos costó cuatro euros. La segunda cueva empezó bien, nos enseñaron cómo se hacían las cuerdas, y luego nos fuimos adentrando en la montaña. Hubo un par de cuevas algo mejor que las otras, pero los doscientos niños gritones que había alrededor no mejoraban mi percepción del asunto.

Lo mejor del pueblo de Castleton fueron, por orden cronológico, las ovejas, los patos y el descubrimiento de un lugar donde servían unas deliciosas pastas de té llamadas scones, donde un escocés con un extrañísimo humor nos trató de maravilla. Dentro tenían una hermosa colección de autómatas.

Ovejas

La tiendita de las scones

Autómatas en la tienda de los scones

Después de otro pequeño paseo, aprovechando que por la tarde había mejorado el tiempo, nos despedimos del lugar.

Adioooooooos

Cuando llegamos a casa, sólo queríamos ir a dormir, estábamos muy cansados…

Rebentados

Improvisación

Me acabo de enterar que esta tarde, en cuanto salga del trabajo, nos vamos a pasar el fin de semana a Lake District.

Esto me pasa por no tener nada organizado para el cumpleaños de Estela, que es mañana, y una amiga de ella le acaba de proponer que nos unamos a su plan.

Va a estar bien, seguro, sólo que estoy en una edad en que esto de salir por la tarde a un lugar a 400 quilómetros donde no tenemos un hotel reservado para la noche me da un poco de reparo. El lunes os cuento.

(… y la cámara sin baterías ¡aaaargh!)

Diversidad

Supongo que hubo un tiempo en que ibas al lechero a comprar leche, el pollero a comprar pechugas y huevos y al carnicero a comprar filetes. Eso yo ya no lo viví. Cuando yo era pequeño íbamos al súper y había varias marcas de leche, y alguna de ellas tenía una línea de producto muy rara que llamaban desnatada. Supongo que ya veis por dónde voy. Sólo hay que ir a la nevera del supermercado donde están los yogures Danone para ver en que se ha convertido la «diversificación del producto». Ahora los menos vendidos, si es que todavía están, son los yogures blancos. Entre los activia, los cremosos, los griegos, los que llevan trocitos de fruta, etcétera, y cada línea con sus mil sabores, las opciones son inabarcables. Eso pasa con todo.

Pero aquí en Inglaterra, vamos un paso más allá añadiendo una dimensión extra al asunto, el de la calidad. Por ejemplo en el Tesco, casi cada producto tiene cinco líneas de calidad. A saber.

  • Tesco Value: Es el más barato y de más baja calidad. Si compras una lasaña de esta línea, que cuesta menos de una libra, sabes que va a ser insípida, probablemente fabricada en China con un control de calidad justo (aunque existente, claro, no se pueden arriesgar a afectar a la salud por ello), y con ingredientes de lo más barato de cada rama, sea lo que eso signifique.
  • El normal: Calidad y precio en la media. No defrauda.
  • Tesco finest: La alta calidad, y que se nota bastante en el precio. Aunque después también lo notas en casa. Está todo cuidado; el aspecto, el sabor, la calidad de los ingredientes, el envase, etc.
  • Healthy living: Es el equivalente al light. Tiene el precio de la calidad estándar y el sabor de la baja calidad, pero no engorda.
  • Organic: Esto merecería en algún momento una entrada aparte. La etiqueta de comida orgánica garantiza una calidad en los métodos de cultivo y/o de crianza de animales. Hay mucha normativa aquí, pero como ejemplo podemos poner que no se usan pesticidas en los cultivos y que los animales pastan en un espacio abierto, en una libertad controlada. Hay aquí en Inglaterra una conscienciación sobre este tipo de comida que ha hecho que se venda en los supermercados. Evidentemente es la línea más cara. La cotrapartida es que garantiza alimentos saludables, un «sabor natural» y una satisfacción ecológica.

No voy a analizar todo esto para empezar a sacar conclusiones, que serían muchas y extensas. Al revés, quisiera escucharos a vosotros sobre qué os sugiere esta diversidad alimentaria. Yo voy a empezar por una bastante obvia: aquí no hay pequeños supermercados (en realidad sí, pero son pocos y especializados muchos de ellos en «comida étnica») y la gente va en coche a comprar a enormes hipermercados.

Viaje relámpago

Me voy a México.

Mi avión sale de Heathrow mañana a las 12h y, vía Nueva York, llegaré a Ciudad de México sobre las 22h, hora local (más las seis de diferencia, podéis contar la paliza que me voy a pegar). Como siempre antes de viajar, ando algo nervioso, pero esta vez, un poco más, no por atentados ni nada parecido, sino por las medidas de seguridad que tendré que pasar por partida doble, primero con los ingleses y después con los yanquis, los dos pueblos más paranoicos del planeta. Hacer colas, descalzarse, quitarse el cinturón, dejar que te cacheen, …, brrr, ya tengo ganas de llegar y poner un terapéutico paréntesis de tres días a la monótona vida inglesa. Estela lleva allí desde el sábado, así que para ella el paréntesis ha sido más extenso y relajado.

El viernes de preparativos. Tengo hora con el dentista, me cortaré el pelo, me probaré trajes de mi suegro, a ver si alguno me queda bien, porque los dos únicos trajes que tengo se han volatilizado con la mudanza, y el tiempo que me sobre, a ayudar, si se me requiere, si no, a descansar y comer algo de lo mucho y muy rico que tienen por allá.

Sábado de boda. Se casa mi cuñado y sí, ésta es la principal razón de este viaje.

Domingo de resaca, espero que más virtual que real (porque ya estoy mayor y esto de beber ya no es lo que era), y comida en algún buen restaurante del centro, o de Polanco.

Y el lunes, avión de regreso a la lluvia, al frío y a la oscuridad británicas, a donde llegamos a las 6h de la mañana del martes, día en que nos dedicaremos a hacer el zombi en casa. Y el miércoles a currar otra vez.

Hasta entonces, si aparece algo por aquí, yo no he sido, sino que podéis contar que ya habrá empezado la rebelión de las máquinas y ya podéis empezar a organizar la resistencia. Aunque también podría ser que yo hubiera dejado algún post futuro programado y no quiera acordarme.

Hasta la vista, baby.

Bodies: una impactante clase de anatomía

Cuando estás dos semanas de vacaciones en tu propia ex-ciudad, hay momentos que, después de comer como galos con la familia, toca hacer un poco el guiri. Esta mañana nos hemos pasado por Bodies, the exhibition, que está hasta el 13 de enero en el Museu Marítim de Barcelona.

Si olvidamos su excesivo precio (19 euros en fin de semana, 16 de lunes a jueves), la exposición está mucho mejor de lo que me esperaba. Me esperaba algo del tipo polémico-artístico, de esas pretenciosas ideas de olla que se le ocurren a un supuesto artista, que en realidad sólo crea arte a través de la polémica que puede suscitar con ello. Pero no, bodies es, simplemente, una exposición científica de anatomía humana que usa una técnica muy específica de disección (la plastinación) gracias a la cual se pueden mostrar músculos, órganos y huesos, al aire libre y con color y tamaño muy parecido al original.

Bodies

Las distintas salas muestran los diferentes sistemas del cuerpo humano (huesos, músculos, aparato circulatorio, respiratorio, digestivo, reproductor, etc.), explicando claramente qué es qué (no faltan las etiquetas y las flechitas), e incluso muestran (y quizá es lo más impactante) órganos que han sufrido alguna enfermedad, como diversos cánceres, la típica, pero no menos impresionante, comparación entre los pulmones sanos y pulmones de fumador, un hígado con cirrosis, piedras en la vesícula, y demás.

Hay un cierto mensaje de educación ciudadana que podemos resumir en «somos máquinas complejas y es fácil que fallen, así que no fume, no beba, y haga ejercicio». Sobre la polémica, yo pienso que no hay tal, todos los cuerpos que se muestran allí han sido donados por sus legítimos dueños cuando, antes de morir y más tarde ser plastinados, tenían plena consciencia y sano juicio. Por último, imaginar que esa gente habían estado vivos en algún momento da un poco de grima, pero allí, ya en exposición, han dejado de ser ellos mismos para representarnos a todos y cada uno de nosotros, y así reflejarnos cómo somos por dentro.

Pride of Bilbao

Si nada se ha torcido, en estos momentos estamos en este barco

Pride of Bilbao

cubriendo esta ruta

Ruta Bilbao a Portsmouth

Llegamos mañana por la noche.

En algún momento del fin de semana os cuento cómo ha ido todo.

Fin de semana

Estela se ha vuelto hoy a Girona después de pasar sus tres semanas de vacaciones en su futura residencia aquí en Cambridge. La verdad es que ha aprovechado el tiempo. Las últimas dos semanas se ha apuntado a un curso de verano de inglés y los fines de semana estuvimos uno en Londres, otro en casa de unos amigos en Sussex y nuestra idea inicial para este fin de semana pasado era celebrar un poco nuestro quinto aniversario y turistear por Cambridge antes de que llegue a convertirse en nuestra ciudad, si es que lo llegamos a sentir así algún día.

Lo que en principio tenía que ser un tranquilo y largo (ayer fue los que los ingleses llaman Bank Holiday, o sea, fiesta, asueto) fin de semana ha pasado a ser el conjunto de días más sociales que he tenido en los últimos meses, y todo gracias al curso de inglés y los compañeros de Estela.

Todo empezó el jueves pasado. Me llama Estela que está con sus compañeros en una tetería árabe de Mill Road y que vaya con ellos. Allí decidimos ir a bailar salsa el viernes e ir a Londres a pasar el Summer Bank Holiday coincidiendo con los carnavales de Notting Hill. Además, un amigo de Celia, una sevillana muy salá, venía desde Londres a pasar el sábado y domingo en Cambridge, lo que nos sirvió de buena excusa para el tema turisteo.

Al final dejamos lo de bailar salsa para el sábado en vez del viernes y pudimos tener una velada romántica en un restaurante italiano el mismo día de nuestro aniversario. El sábado alquilamos una canoa para hacer punting, una de las actividades turísticas más tradicionales de aquí. Paseamos por el río durante una hora mientras nos contaban historias y anécdotas de los colleges de la ciudad. Tomamos una cerveza en The Anchor, el bar donde empezaron a tocar los Pink Floyd. Y por la noche nos reunimos para bailar salsa. Un día completísimo que acabamos reventados. Por eso el domingo nos lo tomamos de relax y sólo a última hora de la tarde fuimos a la tetería a fumar con shisha y beber té.

El lunes empezó como un chiste:

Estela, Jay, Nadia, Saleh y Celia

Van una mexicana, un coreano, una francesa de madre tunecina, un libio y una sevillana en un tren y un barcelonés les hace una foto. Íbamos hacia Londres a ver el carnaval de Notting Hill. Yo no me esperaba nada, pero sí es cierto que en general es bastante decepcionante. Claro, si vas con ganas de fiesta la encuentras, especialmente si te unes al botellón y a los bailes, pero si no vas a beber, es como ir a Pamplona a los Sanfermines sólo a ver borrachos por la calle, no hace puta gracia si no eres uno de ellos. Por otro lado está el desfile de carnaval. En sí, no está mal, excepto que los tiempos muertos entre comparsa y comparsa son eternos, aunque cuando pasan es todo un espectáculo. Luego hay tres detalles que no ayudan a hacer la fiesta agradable. Primero, no hay una sola papelera en la calle, con lo que el suelo se llena de botellas, envoltorios de bocadillos y cocos. Segundo, tanto el carnaval como las fiestas rave que hay en la calle parecen un concurso de a ver quién tiene más megavatios en sus altavoces y consecuentemente quién tiene el volumen más alto, aún tengo los oídos resentidos. Tercero, la aglomeración de gente se llega a hacer insoportable; afortunadamente fuimos por la mañana, que está más despejado, pero después de las tres de la tarde, cuando la gran marabunta llegaba, nosotros huímos de allí totalmente a contracorriente, para acabar tirados sobre el césped de los Kensington Gardens después de calmar el hambre (y dejarnos medio sueldo) con unos kebabs, viendo a los niños alimentar a los cisnes y decidiendo sobre el mapa dónde iríamos más tarde.

Nadia, Jay, Saleh, Estela y Celia

Niños y aves

Mirando el mapa

Desde allí paseamos hasta encontrarnos con el Royal Albert Hall y después el Diana Memorial Fountain.

Saleh, Estela, Jay y Celia

Sólo quedaba tomar unos capuccinos y volver a casa.

Nueve horas y cuarto en Londres

Una de las ventajas de vivir en una ciudad pequeña como Cambridge a una hora y cuarto en tren de Londres, y que es paralela a la que tenía en Girona, a una hora y cuarto en tren de Barcelona, es que puedes disfrutar de las ventajas de la ciudad pequeña en el día a día, y en una escapada de fin de semana aprovechar todas las oportunidades que da la megalópolis, salvando las diferencias de Londres con Barcelona, que son muchas.

Pues ayer pillamos un tren a las 9h30 de la mañana que nos dejó en la estación de Liverpool Street a las 11h15. Ya sé que he dicho hora y cuarto, pero precisamente estos días hay cortada una parte del recorrido a la altura de Stansted que obliga a llevarnos en autobús ese trozo y que alarga el camino media hora. En cualquier caso teníamos previsto el viaje desde hace un par de semanas, con entradas para el teatro compradas y un encuentro con unos amigos para comer.

Por la mañana paseamos por las cercanías de la Tower of London y el Tower Bridge, donde me compré esta estupenda camiseta que hace muchísimos años que deseaba tener:

Yo y mi camiseta de Supermán

y vimos una interesante exposición callejera, con guitarras decoradas artísticamente y firmadas por distintos guitarristas famosos ingleses. Aprovechando que hoy el abuelo Knopfler cumple 58 años, pongo la foto de la guitarra firmada por él:

Exposición de guitarras en Londres

La guitarra firmada por Mark Knopfler

Firma de Mark Knopfler

Comimos en una pizzería por ahí, y después fuimos al teatro a ver Blood Brothers de Willy Russell. Disfruté como un enano por segunda vez (la primera fue hace siglos en Barcelona, con la versión catalana). Después del teatro paseamos por el Soho, Shaftesbury Avenue, Piccadilly, Trafalgar Square…, y todos esos lugares en los que había estado con Estela por primera y única vez hace ya ocho años.

¿Y cómo estaba Trafalgar Square? Abarrotá