El niño y los cigarros

A mi de pequeñito el tabaco siempre me pareció asqueroso, hasta el propio tacto de los cigarrilos o del celofán de los paquetes me daba grima, y para acabar de tocarme los cojones todos esos años en los que estaba tranquilamente jugando en mi habitación y mis padres me hacian ir al bar de la esquina a comprarles un paquete de tabaco. En cualquier caso a eso de los 10 u 11 años tome la costumbre de mantener permanentemente cerrada la puerta de mi habitación. Un tiempo después si había que comprar (leche, huevos etc.) iba, pero el tabaco no me salía de los cojones. Dejé de ver peliculas en familia por ejemplo y las comidas/cenas las pasaba volando, para evitar estar un un medio ambiente digamos contaminado. Lo peor era mi padre encendiendo un puto cigarro entre plato y plato. Era curioso ver como el techo del comedor pasaba del blanco al “se supone que es blanco” a los pocos meses de haberlo pintado mientras el de mi habitación seguía blanco de verdad.

Francamente, para un niño tener unos padres gilipollas, quiero decir fumadores puede ser una auténtica putada. Así que prohibir fumar en los bares no se, pero yo le añadía castración química a los cigarrillos fijo.

Un tal fabel, en un comentario a una estupenda entrada de investigación de Rinzewind sobre el origen de las asociaciones protabaco.